El campo minado de la información: libertad o despotismo de prensa

Viernes 19 de octubre de 2007 | 15:52
 
Escribe : Federico Fasano Mertens

No me ha sorprendido recibir numerosas llamadas y mensajes poniendo, por lo menos en duda, las afirmaciones de mis últimas contratapas, referidas a la habilidad de los operadores de los medios de comunicación hegemónicos, en disimular los contenidos ideológicos latentes de sus mensajes, que reproducen sin que nos demos cuenta el discurso del establishment.

Haciendo a un lado las provenientes del poder mass mediático, las mayores dudas llegaron de las filas del cambio, de periodistas y comunicadores que tampoco se daban cuenta, y de lectores que me decían que no habían mirado el tema de la enajenación de los medios desde ese ángulo.

Me proponía en esta “Cosa Vostra”, abordar la necesidad estratégica de una alianza entre periodistas y sociedad, reconociendo que ese acuerdo no puede desconocer con realismo la propiedad privada de los medios de comunicación. Sigo creyendo que esta alianza, completamente relegada por los profesionales de la noticia, que tampoco se dan cuenta del complejo e inteligente mecanismo de relojería ideológica para el que trabajan, es condición necesaria aunque no suficiente para modificar la correlación de fuerzas, hoy desfavorable para los sectores sociales en el campo minado de la información. Pero, ante el aluvión de dudas planteadas, postergaré este tema para el viernes próximo y hoy procuraré abundar sobre este gigantesco proceso de falsificación internalizado en lo más profundo de la conciencia de hombres honestos y bien intencionados. Recordando en primera instancia lo que decíamos el último viernes: el uruguayo siente un rechazo visceral a descubrir planes maquiavélicos por todos lados, planes piloteados por hombres simpáticos, amables y de ancha sonrisa.

Yo sé que es un tema árido, que expone a quien lo aborda, al escarnio del poder mediático y a la incomprensión de mucha gente que tiene problemas más urgentes que resolver en su vida y que siente que aparece un tábano que le incorpora un problema más en su existencia. Me gustaría escribir de otras cosas más espléndidas, menos aburridas, productoras de aplausos y gratificaciones. Pero alguien tiene que asumir el rol incómodo del aguafiestas y si ese alguien es un periodista con 45 años de profesión, fundador y propietario de 15 medios de comunicación y autor del Plan democrático de la prensa, la radio y la televisión mexicana, no hay excusa posible para desertar de la obligación de intentar descifrar estas claves de la enajenación escondida.

Porque el Plan existe. E pur si muove. Y tiene como objetivo estratégico transformar la comunicación que literalmente significa, “hacer a otro partícipe de lo que uno tiene”, en la “imposición de formas” que es la anticomunicación. Porque siendo la comunicación patrimonio común de la sociedad, no pudiendo ser excluido nadie de su ejercicio, por derecho natural, vivimos hoy la paradoja de que los instrumentos que la hacen posible son objeto de propiedad privada, propiedad que tiende a ser monopólica en los medios más influyentes, ya sea mediante consorciaciones jurídicas o tácitos acuerdos ideológicos. Y es precisamente esta apropiación fraudulenta de carácter privado, de un bien común de la sociedad, la que excluye a la sociedad del ejercicio directo de sus derechos originarios.

Y es ese Plan, que para descubrirlo requiere las gafas (vocablo antiguo pero preciso), que sólo proporciona la educación para la comunicación, el que supo apropiarse e inocularle un contenido enajenante, a conceptos tales como la objetividad, la neutralidad, la opinión pública, la noticia objetiva, la publicidad aséptica, el cuarto poder, la libertad de prensa, el rol del periodista, las decisiones libres del mercado, la necesidad del consumismo, el peligro de la estatización, la censura y la autocensura, la democracia de los medios, el comunismo planetario de los medios, la participación indirecta, la falsa comunidad de intereses, la verticalidad del mensaje, el libre flujo informativo, la concepción de servicio privado de la información, la inconveniencia de regular ese servicio público, entre muchos y muchos otros mitos muy profundamente asimilados por la cultura dominante. Conceptos todos, que el sistema logró internalizar con astucia en el corazón y en las mentes de los informadores y los informados.

Descubrir el Plan que nada tiene de maquiavélico, porque el tan vituperado como brillante sociólogo florentino, Niccolò Maquiavelli, siempre cargando con mala prensa, si algo bien hizo fue no ocultar ni disimular el contenido latente de los mensajes del poder sino hacerlos manifiesto, exhumarlos, desnudarlos, abriéndole los ojos a la sociedad donde le tocó vivir.

Porque esa es la principal tarea, transformar en manifiesto el contenido latente de la oferta ideológica del poder mediático, abriendo los ojos de las mayorías consumidoras, de los periodistas que son las poleas de transmisión, de los gobiernos progresistas que temen intervenir preocupados por el consenso cultural que los propietarios de los medios supieron tejer en la sociedad.

La honda que tumbará al Goliath mass mediático sólo aparecerá cuando se desbloquee la conciencia histórica de un pueblo al que se le impidió verse y ver el mundo desde una perspectiva propia, para conocer primero sus derechos y luego ejercerlos en un territorio donde él, los ciudadanos, deben ser los amos y señores del derecho a la información.

Ingresemos, por lo tanto, en el campo ideológico para desentrañar su influencia en la elaboración de los mensajes informativos.

Los procesos de la comunicación son procesos que pertenecen a la conciencia, de carácter subjetivo y portadores de un contenido claramente ideológico.

Hay muchas definiciones de ideología. Para mí, ideología es una imagen general de la vida de la sociedad que se sintetiza precisamente en un proyecto propio de vida y sociedad. La concebimos como un sistema completo y totalizador de representación de ideas, conceptos, imágenes, valores, estilos, jerarquías, reflejos, comportamientos, mitos, gustos y tendencias, que reproducen en la conciencia del ser humano sus relaciones materiales de existencia y su intención de conservación, cambio o desarrollo de las mismas. Lo cierto es que mediante la ideologización manifiesta o latente de sus mensajes el poder mediático de nuestro país se ha introducido dentro de los valores de nuestra sociedad para interpretar los conflictos, las contradicciones, los acontecimientos de nuestra cotidianidad, desde su particular y estratégico sistema de ideas. La visión inocente, neutra y sin carga ideológica no la encontraremos precisamente en los mensajes informativos. Un estudioso del tema, el cientista Antonio García, afirmaba en su ensayo sobre las ideologías que “la ideologización es la tendencia más generalizada y característica de los medios de comunicación por la necesidad política que tienen las clases dominantes de mitificar la naturaleza de la injusticia, de la desigualdad social, de la concentración de la riqueza, de las expresiones violentas y arbitrarias del poder”.

Ante estas afirmaciones el poder mediático siempre ha respondido que las ideologías no existen, que son un invento creado por la lógica izquierdista para politizar al conjunto de la sociedad. Desde su acceso al poder, la clase dominante refutó siempre las imputaciones de “falsa conciencia” irguiendo su lógica o racionalidad de dominación en lógica y racionalidad científica a la vez que relegando las ideologías al rango de prejuicios ideológicos reservándolas para calificar las ideas de los oponentes a su orden.

¿Pero a qué se debe el éxito de esta formidable penetración cultural que ha logrado modelar en beneficio de las minorías, las conciencias, los gustos, las modas, los comportamientos, las creencias, los hábitos de las mayorías? ¿Es que acaso nos encontramos frente a un fenómeno de estupidez colectiva comandado por
un proceso tecnológico en que el hombre ya no es más el lobo del hombre, sino que las máquinas lo han sustituido en su tarea de depredación? No desdeñamos el factor tecnológico en el proceso de alienación general, pero creemos que la clave del éxito de la oferta ideológica del poder mediático reside en haber logrado inocular en los receptores y en los propios periodistas y operadores de los medios, e incluso en algunos de sus propietarios considerados aisladamente, una falsa conciencia, reductora de la realidad, que cual camaleón ideológico, inserta en los individuos la visión inversa de lo que sucede: defender la libertad de prensa cuando de lo que se trata es del despotismo de la información que considera a los pueblos, objetos y no sujetos de la comunicación.

Y esto es procesado no por los medios sino por la ideología que los dirige.

Me faltan dar más explicaciones para desentrañar este fenómeno, pero como el espacio se me acabó y no quiero volver a pedirle prestada la columna amarilla al amigo Pippo, continuaré el próximo viernes con mis devaneos, sin pensar por un instante siquiera, que estoy arando en el mar. *

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