¿Por qué nos dejamos penetrar por Tinelli y Zona Urbana?

Viernes 26 de octubre de 2007 | 05:20

Nos preguntábamos en nuestra última “Cosa Vostra”, a qué se debía el éxito del poder mass mediático uruguayo que detentaba más del 90% de los medios de comunicación, dirigidos por sociedades anónimas coincidentes en el pensamiento único conservador, opuesto a los cambios reclamados en las urnas por la mitad más uno de la población.

Decíamos ¿pero a qué se debe el éxito de esta formidable penetración cultural que ha logrado modelar en beneficio de las minorías, las conciencias, los gustos, las modas, los comportamientos, las creencias, los hábitos de las mayorías? ¿Es que acaso nos encontramos frente a un proceso de estupidez colectiva?

No es poca la militancia de izquierda que no entiende la alienación colectiva de la tinellización de la audiencia uruguaya o el poder de convocatoria de Zona Urbana o sus programas espejos que hipnotizan muchedumbres.

Hora es de que comencemos a entenderlo y que además comencemos a explicárselo a la gente. Sin una sociedad consciente de sus derechos, seguirá creciendo el poder mass mediático del Partido Conservador.

El “no se dan cuenta”, el “no nos damos cuenta”, audiencias, periodistas, operadores y hasta empresarios de la comunicación ubicados fuera del fenómeno monopólico, debe cesar de una buena vez. El proyecto progresista del cambio, aunque reformista en sus límites coyunturales, requiere de medios de comunicación que respeten los derechos de las mayorías sociales y de una sociedad consciente de sus derechos informativos y recreativos.

Tengamos en cuenta que la empresa acometida por la prensa, la radio y la televisión del régimen conservador supera hoy la afirmación del filósofo griego, creador de “Los Diálogos”, cuando definía la retórica como “la conquista de la mente de los hombres por medio de la palabra”. Hoy esa conquista ha sido emprendida por medio de un conjunto tan sofisticado de recursos que parece difícil que la empresa estratégica de la dominación pueda ser detenida.

Sin embargo, los pueblos han probado, una y otra vez en la historia universal, haber descubierto las estratagemas del sistema, y al hacerlo pusieron en movimiento el mecanismo para limitar ese poder.

La primera tarea es descubrir la estratagema, el ardid, el engaño.

No nos equivoquemos si creemos que las audiencias están convencidas de ser explotadas por el uso alienante de los medios de comunicación.

Salvo los estamentos más definidos y esclarecidos de la sociedad, y aquellos empeñados en el cambio social, inmensos sectores sociales consideran una exageración las denuncias que al respecto se formulan. No se plantean en momento alguno su derecho originario a la comunicación social, al acceso y a la participación en la elaboración del mensaje, a discutir sus contenidos, a ser sujetos activos de la información. Más bien consideran a los medios, aliados y amigos, que por una módica suma de dinero, y en algunos casos gratuitamente, les mitigan sus horas de ocio con entretenimiento espectacularizado y les brindan información objetiva y neutral sobre los acontecimientos del mundo en que habitan.

Aunque parezca paradójico, cuántas veces nos hemos encontrado con esta estafa, internalizada en lo más profundo de la conciencia de hombres honestos y bien intencionados.

He aquí el corazón del problema: no nos damos cuenta.

Así como los individuos no se dan cuenta de su participación inconsciente en la reproducción de la dominación, sin percibir que se trata de su participación en su propia explotación, ni los obreros reconocen en la mercancía su propia fuerza de trabajo que la hizo posible.

La lectura primaria y atomizada que el receptor realiza de los mensajes es empujada hacia la distorsión por cuatro factores que entrecruzan todo el proceso.

El primero es su rechazo visceral a descubrir planes maquiavélicos por todos lados, piloteados por hombres simpáticos, amables, y de ancha sonrisa.

Bien decía el genio de Tréveris: “No he pintado color de rosa al capitalista y al hacendado. Pero no se trata aquí de personas, sino en cuanto son la personificación de categorías, los soportes de intereses y de determinadas relaciones de clase”. Agregando H.M. Enzensberger: “…además no imagino y no enseño monstruos; banqueros, generales, consejeros de administración, no son, como todos sabemos, héroes de tiras cómicas a la Frankenstein, sino señores bien educados y amables. No les son extraños la música de cámara, ni los impulsos de caridad. Su moral no procede de su carácter individual, sino de su función social”.

El segundo factor es la forma latente, intencional, involuntaria, connotativa, secundaria, inofensiva y no manifiesta en que operan los medios al transmitir la ideología dominante. Dicho de otra manera, el mensaje al recubrirse no adopta la forma del descaro.

El tercer factor que impide desentrañar las claves de la dominación informativa, es la forma particular en que los medios actúan, buscando descohesionar a los sectores sociales. La organización social parece ser el antídoto de los pueblos o el conjuro que más temen los agentes de la dominación. Todo su accionar busca la desmovilización, la desorganización colectiva, la disgregación, la negación de los lazos solidarios, la lejanía del codo a codo, la balcanización de las conciencias. El cuarto factor se concentra en el viejo aforismo: “cambia algo para que todo siga como está”. Es la retórica del cambio para impedir todo cambio. Este factor tiende a nublar el entendimiento, a estrangular el análisis, a contaminar las conciencias desprevenidas.

Qué difícil es poder superar estos factores que contribuyen a la perpetuación de una falsa conciencia, tanto en el dominado como en el dominador. Qué difícil es poder ver con nuevos ojos más allá de la letra impresa, la imagen filmada o la voz radiodifundida.

Señalamos hasta aquí los factores que conspiran contra el “darnos cuenta” del proceso de dominación de los medios.

Veamos ahora cuál es el procedimiento utilizado por éstos y cuál es el contenido de sus mensajes.

En cuanto al procedimiento para poder conquistar las conciencias, los medios comunican imágenes que van creando un modelo de vida y sociedad.

Writt Mills lo describe: “Muy poco de lo que creemos que conocemos de las realidades sociales del mundo lo hemos hallado de primera mano. La mayoría de las imágenes en nuestras mentes las hemos obtenido de estos medios, aun hasta el punto de que a menudo no creemos realmente lo que tenemos ante nosotros mientras no lo leamos en el periódico o lo escuchamos en la radio y la televisión”.

Y la imagen siempre va dirigida al lugar síquico. Es precisamente en ese lugar –descripto profundamente por Freud– donde se forma la imagen.

Y quizás es por ello, que su influencia es sólida y permanente. Al dirigirse hacia el centro síquico las imágenes movilizan antes que el raciocinio y las instancias de control, a los factores afectivos e intuitivos, que determinan comportamientos de empatía.

En cuanto al contenido de tales imágenes las investigaciones reseñadas por Beltrán y Fox de Cardona revelan los siguientes elementos: individualismo, elitismo, racismo, materialismo, aventurerismo, conservadorismo, conformismo, autoderrotismo, providencialismo, autoritarismo, y agresividad.

Ambos autores aclaran que estos elementos, más que parecer unidimensionales, parecen constituir conglomerados de creencias estereotipadas.

Por ejemplo, el “materialismo” pareciera incluir al hedonismo, al narcisismo, al consumismo y al mercantilismo.

Bien lo explica el comunicólogo Luis Ramiro Beltrán: “Si además se establece una comparación entre las categorías básicas de imágenes identificadas por las indagaciones, se pueden suponer prontamente características relacionadas con ella, ya sea por contraste, afinidad o instrumentalidad. Por ejemplo, el egoísmo parecería vincular al individualismo y al elitismo, en tanto que el conservadorismo y el conformismo acaso se basen en el fatalismo y en un sesgo pro statu quo. A su vez, el providencialismo podría muy bien considerarse como un fortalecedor del conformismo y, por consiguiente, como una válvula de seguridad para el conservadorismo. Y el racismo podría conectarse con el elitismo y el autoritarismo, tanto como el autoderrotismo podría vincularse con el conformismo, el elitismo y el conservadorismo”.

Enemigo descubierto, media batalla ganada. *

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