Un cable de la agencia cubana Prensa Latina, fechado recientemente en Buenos Aires,
acaba de provocar una de las más fecundas polémicas que recuerde el ya casi decenal
exilio uruguayo. El despacho revelaba la sorpresiva opinión del presidente del Frente
Amplio, general Liber Seregni, líder indiscutido de la izquierda uruguaya, prisionero en las
cárceles de la autocracia desde hace nueve años, en torno a la conducta política que
debían adoptar sus partidarios frente a las elecciones internas de los partidos tolerados por
la dictadura. El “general del pueblo”, superando su riguroso confinamiento, hizo conocer por
medios inequívocos su posición al respecto: “El Frente Amplio no debe votar dentro de los
partidos en las elecciones internas de noviembre de 1982 y su intervención debe
expresarse por una abstención manifiesta o por el voto en blanco”, dijo, y agregó que la
decisión definitiva debe ser adoptada antes del 15 de setiembre próximo. La noticia sacudió
al exilio, corrió como reguero de pólvora de país en país, y comenzó a ser difundida por las
“imprentas de los pobres” en el interior de la sociedad uruguaya.
En tres meses más los simpatizantes de los mayoritarios partidos Blanco, Colorado y el
minúsculo grupo católico preconciliar denominado Unión Cívica, únicas fuerzas políticas
autorizadas, debían designar a sus respectivos directorios, integrados cada uno por 15
miembros permanentes. Tales directorios conducirían a sus respectivas colectividades
políticas a la reforma constitucional del año próximo y a los primeros comicios generales
desde el golpe de estado de 1973, que tendrán lugar en noviembre de 1984.
Todo hacía suponer que la izquierda uruguaya, único sector marginado del proceso de
fingida apertura, votaría en las elecciones internas de los partidos tolerados por los
candidatos antidictatoriales de la oposición burguesa y liberal.
La sorpresiva declaración desde la cárcel del general Seregni, pone en entredicho tal
seguridad y obliga a un análisis riguroso de la situación.
En el centro de la polémica desatada se encuentra el futuro de sólidas políticas de alianzas
como las signadas entre importantes sectores de la izquierda y el líder indiscutido de la
oposición liberal, Wilson Ferreira Aldunate, y que dieran nacimiento en el exilio a la
Convergencia Democrática Uruguaya, presidida por su propio hijo, el activo y entusiasta
Juan Raúl Ferreira.
Que la izquierda no vote por los candidatos de Ferreira no significa que deberán
deteriorarse los fundamentos de esta alianza privilegiada. Alianza no es sinónimo de
identidad y la izquierda debe reencontrarse consigo misma y resolver con criterio propio, sin
consignas prestadas. Una alianza libre, de aliados fuertes y personalidad definida siempre
será más sólida que una alianza entre aliados subordinados y dependientes. Intuimos, pese
a la opinión de quienes pronostican, y quizás desean, la ruptura de Convergencia
Democrática, a raíz de una oposición autónoma de la izquierda, que el voto en blanco o en
su defecto la abstención activa, o ambos a la vez, tendrán el mérito, como efecto
secundario, de fortalecer la coalición y ubicarla sobre bases más justas, igualitarias y
duraderas.
Como militante antidictatorial ya realicé mi opción política atendiendo a los objetivos del
rescate del país prisionero, del fortalecimiento del Frente Amplio al cual pertenezco y de la
construcción de una sociedad de ciudadanos iguales sin relaciones de explotación ni de
dominación: estoy de acuerdo con el voto en blanco o la abstención activa, o ambas a la
vez si así lo decidiera la izquierda en su conjunto, sin fisuras. Lo que importa, esta vez, es
marcar en forma indeleble el perfil propio de las fuerzas del cambio.
Como periodista y analista es mi obligación, también, reflexionar en voz alta sobre el camino
que conduce a tal conclusión.
Cierto es que la historia está empedrada con los fracasos de las convocatorias
abstencionistas. El poder de convocatoria de tal consigna se enfrenta, con escasas
excepciones, a la vocación participacionista de aquellos pueblos a quienes se les ha
negado durante muchos años la posibilidad de hacerlo. La gente, es cierto, quiere incidir. Y
más en un país donde las elecciones, junto con el fútbol, constituyen la religión nacional.
Hay ejemplos recientes de ello. En El Salvador, en plena guerra civil, la abstención fracasó.
Cierto también es que la izquierda corre el riesgo, al abstenerse o votar en blanco, de
frustrar las expectativas generales de quienes, con toda legitimidad, pretenden transformar
las elecciones internas en un nuevo plebiscito contra la dictadura votando contra los
candidatos que el régimen alienta. Frustrar tales expectativas y convertirse en el papel de
“aguafiestas” de las aspiraciones colectivas puede constituir un alto precio de aislamiento
que traumatizaría aún más a una izquierda proscrita en todos los ámbitos de decisión.
Y además, ¿Cómo garantizar que serán computados los votos en blanco?. La izquierda,
obviamente, no tendrá controladores en las mesas de los partidos que le son ajenos y bien
puede darse fraude solamente en los cómputos de tales votos, que bien podrían ser
repartidos con “equidad” entre las fracciones contendientes. Nadie podría reclamar al
respecto. Y por otra parte el propio presidente de la Corte Electoral acaba de declarar que
los votos en blanco no serán tomados en cuenta, negando de esta manera el ejercicio
activo, por parte del ciudadano, de un derecho conferido por el propio ordenamiento
normativo de la dictadura, ya que en toda elección el voto en blanco posee objetiva y
jurídicamente la naturaleza de un voto, que no está de acuerdo con ninguno de los
postulantes y que tampoco está de acuerdo con la actitud pasiva de la abstención.
En cuanto a la abstención, difícil es que la opinión pública se la adjudique a la izquierda. Los
militares ya se adelantaron al afirmar que la interpretarán como un voto negativo contra los
“viejos politiqueros tradicionales” que ellos mismos derrocaron, atribuyéndole además una
postura contraria a la apertura política y favorable al continuismo de facto.
Finalmente, también existe otro argumento de peso, contrario al voto en blanco. Gira en
torno a la determinación de la contradicción principal de la coyuntura. ¿Se da ésta entre
democracia y dictadura o la antagonización se expresa en la polaridad democracia
burguesa y formal y democracia socialista y real?
No dudamos que la coyuntura obliga a optar con realismo político por la vigencia de la
primera contradicción, y que solamente una vez resuelta ésta a favor de las fuerzas del
cambio podrá construirse la vieja bipolaridad destruida por el golpe de Estado del 73,
mediante estrategias que detecten los puntos de ruptura y saquen a flote sus
contradicciones. ¿No estaremos entonces, al votar en blanco, privilegiando la resolución de
una contradicción teórica e inexistente en la crisis actual de la formación social uruguaya, en
detrimento de la posibilidad de incidir en la resolución de una contradicción, ésta sí
dramáticamente presente? Hasta aquí nuestros argumentos contrarios a la posición de
Seregni, que finalmente decidimos compartir, ante el peso de los peligros y posibilidades en
juego y que seguidamente analizaremos.