Aferrados a los teletipos esperamos con el teniente coronel Rodolfo González Díaz, desde el sábado libre, en tierra mexicana, después de huir de la gran cárcel que hoy es su país, los resultados del plebiscito convocado por la dictadura uruguaya. El taller nos urge la entrega de este artículo y un cable de último momento anunciando la postergación de la votación por dos horas más, nos disuade de esperar los resultados. Seguimos manteniendo, pese a las críticas recibidas, nuestro pronóstico adelantado en la nota de ayer: gana el NO por más del 55 por ciento y no habrá fraude.
De todos modos el objetivo de estas serie de tres artículos no es el comentario del plebiscito, que concretaremos en las próximas ediciones, sino difundir el testimonio del militar uruguayo con mayor rango castrense en el exilio. Es larga la lista de infamias que el teniente coronel González desgrana indignado. Todas ellas se encuentran insertas en su testimonio al SIJAU que aún no fue difundido.
Le pregunto sobre el grueso expediente de delitos comunes que sus “compañeros” de armas han ido forjando mediante el tráfico de influencias, el hurto de materiales de construcción, la corrupción generalizada, el derecho de botín al entrar a saco en las viviendas de sus prisioneros, por mencionar sólo algunas de las pequeñas acciones delictivas de la banda uniformada. Me responde con su orgullo militar herido, que me he quedado corto en la enumeración. Y acusa: el general Vadora, sin recursos económicos antes del golpe de Estado, utilizó su poder para apropiarse de un inmenso latifundio en Nueva Palmira, mientras que sus compañeros encargados de la licitación para la construcción del Mausoleo a Artigas, se quedaron manu militari con las fuertes sumas depositadas en garantía por las empresas concursantes, asesinando a un contador y a un abogado vinculados a la operación. El vicealmirante Márquez, el mismo que declaró en un discurso público que “debemos respetar la dignidad del ser humano y no infligirle presiones físicas más allá de lo humanamente soportable”, les ganó a sus marinos —enfatiza González— robándose íntegramente el cargamento de un barco encallado en las costas de Rocha, y cuando la Armada intentó rescatarlo se encontró con la sorpresa de que había sido vaciado. Lo interrogamos también sobre los grandes “golpes” del hermano del general Gregorio Alvarez con la represa del Palmar, sobre los mil millones de pesos apropiados por el coronel Gente, previo contrato fraudulento de compraventa de inmuebles del Sindicato Médico, y otros dossiers sobre los cuales no poseemos pruebas suficientes.
Solamente pudo decirnos que en las fuerzas armadas es vox pópuli la existencia de tales delitos, pero que una hábil política constructora de la complicidad delictiva en todo el cuerpo castrense, así como la proliferación de prebendas a granel, terminó por corroer el instituto armado. “Cuando yo ingresé al ejército -nos dice- sabía que la carrera militar era una carrera de sacrificio y siempre nos decían que el que entraba pobre, salía pobre, con la única satisfacción de haber cumplido con su deber”.
Cuando la complicidad delictiva se rompe por diferencias de hampa, la desbandada es general. González nos cuenta dos casos. El del teniente coronel Melchor Maurente, quien al estar de guardia en la cárcel de Punta Rieles se embriagó y tocó la alarma y cuando pretendieron arrestarlo amenazó con denunciar a sus aprehensores. No le creyeron y lo detuvieron.Y Maurente cumplió su amenaza aportando pruebas contra casi toda la oficialidad de la prisión que con vehículos oficiales se dedicaban al contrabando en la frontera.
El tema de la tortura no podía quedar fuera de la denuncia. En todas las unidades se practican apremios físicos, nos confirma el teniente coronel González, y donde la tortura llega a límites inenarrables es en los fondos del batallón 13 de infantería, en un lugar conocido como “300 Carlos”. Le pedimos nombres y nos aporta muchos ya denunciados. Entre los que desconocíamos y que hoy pasan a engrosar la lista de los que deberán probar su inocencia, invirtiendo la carga de la prueba, cuando llegue la hora del Nuremberg uruguayo, destacamos a funcionarios militares del Ministerio de Defensa dedicados a los trabajos “sucios”, como el coronel Juan J. Méndez (recientemente ascendido a general), coronel Rodolfo Urruty, coronel Hugo Lamela, coronel Edgardo Bentancor y capitán Carlos Galli. Menciona también al teniente coronel Werther Soto y a su esposa, funcionaria del SID (Servicio de Información de Defensa) que se emborrachaban juntos en el batallón de infantería número 4 de Colonia y después se dedicaban sádicamente a cometer todo tipo de vejámenes a los presos políticos allí detenidos.
Sobre la muerte, en París, del coronel Ramón Trabal, donde era agregado militar en la embajada uruguaya, González nos explica que todo el mundo sabe, en las fuerzas armadas, que éste había caído en desgracia por sus comprometedoras investigaciones en la banca suiza sobre las fugas de capitales uruguayos y que incluso cuando solicitó dejar la embajada en Francia para presentarse a concurso de general, le respondieron que no podían pagarle el pasaje. Cuando en París lo mataron -aclara – sus compañeros acusaron a los tupamaros de su muerte y al grito de “cuatro por uno” el coronel Octavio González y el capitán de navío Nader dirigieron la ejecución en la localidad de Soca, de cinco tupamaros rehenes, secuestrados en Argentina (“uno más de lo previsto para que aprendan”).
Los asesinatos de los parlamentarios Zelmar Michelini y Gutiérrez Ruiz, según lo que se sabe y comenta en el ejército —acusa González Díaz— fueron perpetrados por un comando dirigido por el mayor Gavazzo (ascendido luego a teniente coronel). Conozco personalmente a Gavazzo —añade el denunciando— porque fue cadete un año después que yo, y sé que es capaz de cualquier cosa. La ferocidad del capitán Nader —que ahora cayó en desgracia con su jefe del vicealmirante Márquez—es vinculada por González con la misteriosa aparición en las costas uruguayas de Rocha, de once cadáveres de hombres y mujeres horriblemente torturados y mutilados y con las manos y pies fuertemente amarrados. La explicación oficial fue que integraban parte de la tripulación de un carguero asiático, víctima de un motín a bordo y que presumiblemente había pasado frente a las costas uruguayas. Lo cierto es que los alimentos encontrados en las vísceras de las víctimas no correspondían a los que habitualmente ingieren los asiáticos y que la presencia de mujeres en la tripulación es harto sospechosa, así como que en ningún puerto del mundo se denunció la desaparición de once tripulantes. González no tiene dudas: todos saben en la marina que los once mutilados son parte de la larga lista de prisioneros políticos desaparecidos.
Nota de la Editora: Tal como pronosticara Fasano en esta nota el No obtuvo más del 55% de los votos, 57,2 con precisión, y el Sí obtuvo un 42,8% de los votos válidos. Hubo, además, un 0,66% de votos en blanco. En Montevideo el SI obtuvo el 36,04% y el NO el 63,25%