“Te arrancará los ojos y me los pondré, tú me arrancarás los míos y te los pondrás,
así tú me mirarás con mis ojos y yo con los tuyos” (Texto de un cartel encima del
escritorio del sicólogo de la prisión de Libertad, en Uruguay).
Una vez más los enemigos de la vida cobraron hace dos días una nueva víctima en el
castigado solar uruguayo.
Esta vez los cancerberos uniformados se ensañaron en la persona de un detenido político
indefenso, Jorge Antonio Dabo Revello, prisionero N° 1923 del Penal de Libertad, así
llamado por traición al idioma castellano el principal campo de concentración regenteado por
la dictadura uruguaya.
Los detalles del crimen son confusos y la distancia y la desinformación militar obstaculizan
la reconstrucción de los hechos. Las autoridades del penal avisaron al mediodía de ayer a
los familiares de Dabo Revello que fueran al Hospital Militar porque éste había sufrido un
infarto. Cuando llegaron les hicieron entrega de un cajón tapado conteniendo su cuerpo. Al
identificarlo observaron su cara amoratada y sangre en boca y nariz. Los militares
prohibieron la autopsia y sólo autorizaron su traslado a una funeraria. En cuanto a las
huellas de sangre explicaron que se debía a la respiración de boca a boca que le habían
practicado en un “desesperado intento por salvar su vida”. Ni sus familiares ni todos los que
lo conocían pueden creer un ápice de las explicaciones de sus verdugos. Jorge Antonio, de
excelente condición física, había sido campeón sudamericano de natación estilo espalda y
entrenador de la Federación Uruguaya de Natación, y es muy improbable que a la edad de
43 años le fallara, con tales antecedentes, su corazón, jugado toda su vida a la causa de los
desheredados.
Hacía cinco años que sufría el rigor de la “Libertad”, cuyo director penitenciario había
afirmado públicamente, con el habitual desparpajo a que nos tienen acostumbrados los
motineros uruguayos, que “ya que no supimos liquidar a tiempo a los elementos peligrosos
para el país, y tarde o temprano habrá que liberarlos, debemos aprovechar el tiempo que
nos queda para volverlos locos”. Claro que, esta vez, a Jorge Antonio no le dejaron ni el
derecho a la demencia. En poco tiempo más sería liberado, y cómo resistió con entereza y
gallardía la máquina que pretendió quebrarlo, optaron por quitarle la vida.
La cárcel de “Libertad”, la única en América Latina —como bien describe Galeano— que
prohíbe a sus presos volver la cabeza, guiñar, caminar lento o apurado, dibujar peces y
gusanos y también mujeres embarazadas, no vaya a ser que se enamoren de la vida aún en
la sordidez del encierro, acaba de tronchar una nueva vida de los mejores hombres de esa
tierra.
Dabo Revello, socialista desde el inicio de su vida juvenil, para después empuñar las armas
contra la dictadura constitucional de Pacheco Areco, integrando ese vendaval portador del
mensaje libertario en la punta de sus fusiles, conocido con el nombre evocador de
“Tupamaros”, no detuvo su lucha y desde su celda 19 D continuó su batalla colectiva de
todos los días contra los pregoneros de la muerte. Y por eso lo mataron. Las fragmentadas
informaciones que nos llegan de Montevideo atribuyen su muerte a represalias por la
celebración, en el interior del penal, del abrumador NO que el pueblo uruguayo expresó
contra el plebiscito autocrático diseñado por los militares.
No estamos en condiciones de confirmar tal aseveración, pero nada de extraño tiene tal
conducta en una dictadura que ha probado ya cumplir sus promesas de responder “cuatro
por uno” a cualquier oposición a sus intereses, como cuando ejecutó sumariamente a dos
parejas de militantes secuestrados, en respuesta a la muerte del coronel Trabal. Y qué
mayor oposición a sus intereses que el contundente NO aplicado por un pueblo convencido
que no defeccionó frente al chantaje, las amenazas y la fuerza bruta de los pretorianos,
asombrando al mundo civilizado.
Hoy los prisioneros del Penal de Libertad están de duelo. También lo está el país todo, que
hace sólo una semana dijo NO a estos asesinatos a prisioneros inermes. Y en especial lo
está el exilio uruguayo en México, donde residen la militante compañera de Dabo, Nilia
Nieto, hoy deshecha pero entera y orgullosa por la fibra de Jorge Antonio, y también sus dos
hijos, Marcos, de catorce años, y Antonio, de doce, que no olvidarán este nuevo crimen,
como no lo olvidaremos quienes aún conservamos la capacidad de horrorizarnos ante este
hartazgo de la sangre cuya marca en la memoria colectiva de ese pueblo signará por
décadas cualquier proyecto nacional que pretenda verosimilitud.
Jorge Dabo les ha probado a sus carceleros que existe una vida y una raza de hombres
menos sórdida que la suya. Y a nosotros, en el solidario refugio mexicano, nos probará, una
vez más, que los hombres que mueren luchando por ampliar los horizontes de libertad de
las grandes mayorías, no son enterrados, son sembrados en la conciencia popular, son
semillas de dignidad, darán frutos…