UN TENIENTE CORONEL ELUDE EL CERCO I

A horas del plebiscito uruguayo, cuando un pueblo prisionero y escarnecido se apresta a
derrotar la voluntad continuista del régimen de los 25 generales, un nuevo escándalo militar
de proporciones acaba de estallar en las entrañas del sistema pretoriano.
En el día de ayer un alto oficial de las Fuerzas Armadas uruguayas, el teniente coronel
Rodolfo González Díaz, logró eludir el cerco de la represión en su país, encontrándose hoy
a salvo en tierras solidarias, y dispuesto a denunciar ante el mundo civilizado las
atrocidades de sus pares uniformados. González Díaz es uno de aquellos militares
uruguayos, de vocación democrática, tradición civilista y republicana, incontaminado por la
pesadilla del despotismo, fiel a su juramento castrense de defender con honor la
Constitución que sus compañeros mancillaron. Y también profundamente ingenuo, al no
poder creer en su momento que sus hermanos de armas fueran capaces de construir la
regresión más impresionante que recuerde la memoria colectiva de su pueblo.
La odisea del teniente coronel González Díaz servirá mucho más que las aberrantes torturas
a las que nos tienen acostumbrados las charreteras uruguayas, —él no fue “apremiado
físicamente”—, para descifrar los complejos mecanismos de la patología militar uruguaya.
Dejemos hablar a los hechos, que esta vez adquieren una elocuencia desusada,
recomendándole al lector que supere el estupor inicial, descarte la posibilidad de una broma
de mal gusto y confíe en que el periódico se encuentra munido de toda la documentación
probatoria de nuestros dichos. He aquí los acontecimientos:
En septiembre del año pasado un fervoroso partidario del golpe de estado de 1973 el
teniente coronel Cayaffa, del Ministerio de Defensa Nacional, acusa al teniente coronel
González Díaz de neutralidad y tibieza ante la política seguida por las Fuerzas Armadas.
Ante la inaudita intromisión de su colega, éste reacciona airadamente y es sancionado con
arresto de 8 días en la Brigada de Infantería No. 1. Cumplido el arresto retorna a su trabajo
en el Ministerio de Defensa y a las dos semanas se le anuncia que por orden del ministro
debería responder ante un tribunal de honor militar por faltas gravísimas contra los ideales
democrático-republicanos.

El jefe militar uruguayo acudió el 28 de noviembre del año pasado a la sede del Tribunal
creyendo que se trataba de un error y confiado en poder demostrar que jamás había
incurrido en delito alguno. Lo esperaban cuatro coroneles: Doroteo de León, que presidiría
el alto cuerpo, Pedro Gonet, Alfredo Rubio y Juan Curuchet actuando como vocales.
Al leérsele formalmente los cargos creyó ser protagonista kafkiano o personaje
victorhuguiano de una moderna corte de los milagros.
El gravísimo delito que le imputaban y por el cual podría ser descalificado consistía en haber
bautizado con el nombre de Líber a su hijo nacido el 15 de marzo de 1973, tres meses antes
del golpe de estado. Le señalaron que sólo los anarquistas designaban a sus hijos con tal
denominación y que Líber también se llamaba Seregni, el candidato a la presidencia de la
República por el Frente Amplio al que los militares degradaran y encarcelaran por su
dignidad, gallardía y coraje al enfrentarlos.
Le informaron que preguntado en 1973 por un Mayor del Ejército sobre si estaba de acuerdo
con el pronunciamiento militar del 9 de febrero de ese año, él había señalado algunas
discrepancias. Y que, en fin, era conocida su apatía e indiferencia ante el proceso de
reorganización nacional iniciado por las Fuerzas Armadas.
No había defensa alguna. El teniente coronel González Díaz creyó que se trataba de una
gigantesca burla. Obviamente reconoció haberle puesto a su hijo el nombre Líber agregando
que le parecía un hermoso nombre, porque convocaba a la imagen de la libertad, añadiendo
que su grado de euforia en torno al proceso militar no era mensurable por un Tribunal de
Honor y que sus observaciones al pronunciamiento del 9 de febrero nunca las había
ocultado y que mientras no se derogara la libertad de conciencias mantendría su opinión.
Abandonó el tribunal confiado en que si no se trataba de una broma siniestra, y la acusación
iba en serio, de todos modos no se animarían a descalificarlo públicamente basados en el
nombre que había puesto a su hijo. Y nuevamente volvió a equivocarse.
Sólo 21 días se tomaron los cuatro coroneles en buscar la fórmula para destituir al teniente
coronel. Y como no la encontraron decidieron seguir el ejemplo del comandante en Jefe de
la dictadura, teniente general Queirolo, quien en declaración a la prensa afirmó sin rubor:
“Somos los ganadores de esta guerra, los ganadores nos ganamos también el derecho de
no dar explicaciones al enemigo ni aceptar sus condiciones”.
Imbuido de tan peculiar filosofía política el Tribunal de Honor dictó, el 19 de diciembre de
1979, contenido en el acta No. 1430, firmada por los cuatro coroneles actuantes, el siguiente
fallo: Los miembros del Tribunal General de Honor número uno por unanimidad de votos

expresa que el señor teniente coronel don Rodolfo González Díaz se halla comprendido en
el límite de “descalificación por falta gravísima”.
El fallo incluye la pieza acusatoria cuyo contenido servirá de ejemplo de “ecuanimidad” y
justicia militar para todas las generaciones venideras y que dice textualmente: “1°) El de
haber puesto el nombre de Líber a un hijo nacido el 15 de marzo de 1973, lo cual, por la
implicancia que ya en esa época el mismo tenía respecto a personas vinculadas a
ideologías incompatibles con nuestro sistema democrático-republicano y estilo de vida y que
fueron protagonistas de hechos de pública notoriedad, no resultaría concebible en un señor
jefe. 2°) El de que, habiendo expresado su desacuerdo, en oportunidad del pronunciamiento
de las Fuerzas Armadas, el 9 de febrero de 1973, y no obstante manifestar en su informe
ser un defensor de los ideales democrático-republicanos por los cuales se rige nuestro País,
no expresa sin embargo en el mismo su adhesión al proceso iniciado en aquella fecha, ni a
la política seguida por las Fuerzas Armadas desde entonces. 3°). Presumiblemente habría
contravenido los artículos 8, 11, 19 y 22 y podría estar comprendido en el artículo 63, incisos
b y n del Reglamento de los Tribunales de Honor de las Fuerzas Armadas”.
Dictado el fallo, la única esperanza que le quedaba al alto oficial acusado, residía en el
presidente de facto, el octogenario de confeso pasado nazi, doctor Aparicio Méndez. Vana
esperanza. Por algo se llama a este sombrío periodo uruguayo la era de los presidentes
marionetas. El 15 de enero del año en curso, el Poder Ejecutivo aprobó el fallo del Tribunal
de Honor y la sentencia pasó a cumplirse de inmediato siendo expulsado el teniente coronel
González de las Fuerzas Armadas Uruguayas.
Al oficial cuyo caso de destitución por errónea elección del nombre de su hijo ingresa en la
antología de casos célebres del honor militar en esas regiones, le quedaban dos caminos:
abandonar el país, conducta totalmente riesgosa, o permanecer en él pese a la destitución y
al fallo. Optó durante unos meses por la última posibilidad.
En ese lapso recibió tres amenazas escritas. Una de ellas decía: “traidor del ejército, no la
vas a pasar bien”. En otra fueron más explícitos: “comunista, donde te resbales te vamos a
meter con los tuyos”. Finalmente, la que lo determinó a huir: “sos del Movimiento 1815, ya lo
vamos a verificar”. La próxima, obviamente, no sería una amenaza escrita sino la cárcel y el
suplicio. El mismo camino seguido por 21 militares patriotas procesados: 2 generales, 5
coroneles, 1 teniente coronel, 7 mayores, 4 capitanes y 2 tenientes.
El oficial González sabía muy bien que la expulsión de las Fuerzas Armadas sólo era el
primer paso. Recordaba los casos del coronel Umpierrez y sobre todo del mayor Brun
Canet, quien por titubear en el apoyo verbal al golpe —primero opinó en contra y

posteriormente se retractó— se lo ubicó en una lista de sospechosos y un año después fue
procesado, porque, según la justicia castrense, las vacilaciones ni prescriben ni se olvidan.
Finalmente, apoyado por la solidaridad que ni aún en los momentos más terribles decrece
en el interior del país abrumado, el teniente coronel González logró escapar ileso, en
peripecia cuyos entretelones no es del caso dar a conocer en estos momentos.

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