Se nos fue Eleuterio del Consejo de Dirección a pelear otras batallas, quizás con más olor a pólvora que en nuestro campo minado de la noticia y la opinión escrita.
¿Ignora acaso el Ñato, que las guerras hoy se ganan con información y no con balas, a las que décadas ha, acudió un día portando en sus mochilas la utopía de la igualdad y la justicia?
Bromas aparte, ¡cómo lo vamos a extrañar! Aunque nos promete en su texto de despedida, seguir anotado para predicar en el desierto junto a nosotros.
En el poco tiempo que nos acompañó en el Consejo, en esta nueva etapa, probó ser un polemista certero, un amable disidente si la ocasión lo ameritaba, sin temor a los tabúes ni a los respetos reverenciales, ni al qué dirán, apelando al humor fino pero también al grueso cuando le venía en gana, plagado de ideas y sin hacerle asco al trabajo y a la gestión, superando la queja de sus pulmones heridos.
Su polémica conducta, aquella que solo practican los que se nutren de la autenticidad, oponiéndose a la anulación de una Ley de Caducidad, que me consta abominaba tanto como todos los que destinamos décadas de nuestras vidas para combatirla, solo porque entendía que debíamos respetar la voluntad del soberano, consultado por partida doble, lo exhibe como un formidable ejemplar humano, que lleva sus convicciones hasta la última ratio, renunciando a su banca al Senado, esa sí ganada a pulmón, por mérito propio, no obtenida por adulación alguna en la feria de los repartos ingenuos.
Creemos, como se lo dijimos sin convencerlo, que los crímenes de lesa humanidad no se plebiscitan y que no puede haber perdón sin un acto de contrición. Pero él, uno de los más supliciados por los motineros de uniforme, no traicionó su conciencia, asumió el Gólgota y renunció a los honores y a los aplausos de una izquierda a la que le entregó lo mejor de su vida.
Su destino estuvo ligado a LA REPÚBLICA desde hace muchos años cuando comenzó a fabricar las contratapas de los jueves, de las que prometió no desertar.
Y dice que su destino seguirá ligado de una manera u otra a este proyecto de la izquierda plural.
Hoy que sus energías no estarán centradas en la utopía de la democracia informativa sino en las de Rosa Luxemburgo y Guillermo Liebknecht, la de un pueblo y ejército unidos en un mismo ideal humano, le deseamos que ese sueño, que muchos ven irrealizable en el Uruguay de hoy, se cumpla hasta donde sea posible.
Buena cosecha, Ñato.