Viernes 12 de noviembre de 2004 | 10:53
Escribe : Federico Fasano Mertens
El corazón de Mohammad Abdel Raouf al Qoudwa al Husseini, cuyo nombre de guerra fue Abu Ammar -Padre de la Resurrección- conocido por su pueblo palestino y por el mundo entero como Yasser Arafat, ha dejado de latir.
El presidente de la Autoridad Palestina, elegido por sufragio universal, sobreviviente de terribles batallas, de múltiples atentados, de la masacre del setiembre negro de 1970 cuando los tanques jordanos del monarca hachemita, Hussein, y sus feroces beduinos asesinaron a 30 mil palestinos conducidos por el propio Arafat, el eterno sobreviviente, el hombre de las siete vidas, no pudo sobrevivir al castigo de sus casi 4 años de prisión virtual en su sede gubernamental de la Muqata, de donde nunca lo dejó salir el Estado de Israel, salvo para expirar.
Este ingeniero, de profesión guerrillero y de vocación pacifista, es un hijo de la guerra y un hermano de la paz.
Le tocó vivir la gran agonía de su pueblo, agonía que afrenta al mundo y divide a dos Naciones cuyos derechos deben ser respetados por unos y otros, sin vasallos ni siervos.
Arafat vivió sentado en ese polvorín que hoy incendia al mundo, que es la tragedia del pueblo palestino sin hogar y sin futuro y el drama del pueblo judío que no encuentra la forma de la coexistencia humana con sus primos hermanos.
Fue un guerrero y un líder popular, pero también un pacifista estratégico, ajeno a la dialéctica del martirio y finalmente un estadista.
¡Cómo negar que fue un guerrero! Qué árabe no lo era, si le tocaba nacer en Jerusalén en 1929, en el seno de una familia musulmana.
Sus batallas fueron legendarias, ya como simple soldado del ejército egipcio que combatió a los israelitas en 1948 y 1949, ya como teniente de las fuerzas armadas egipcias que invadieron Israel en 1956, ya como comandante de las brigadas de Al Fatah conduciendo en persona desde Siria, “en apabullante inferioridad de condiciones” como afirmó ayer la agencia IPS, combates terribles contra el ejército judío en la guerra de los 6 días de 1967. También fue un guerrero contra los poderes árabes que ignoraban la tragedia de su pueblo.
Se enfrentó al criminal Hussein, el hachemita jordano, que dio orden el 16 de setiembre de 1970, a su sicario, el general Mohamed Daud, “que no quede uno solo con vida”, porque los refugiados palestinos habían iniciado la huelga general en Amman.
Centenares de tanques y cañones, apoyados por miles de dogolladores beduinos, aplastaron la resistencia cuasi desarmada de las fedayines que dejaron 30 mil hombres, mujeres y niños destrozados y sin vida, como abono de las tierras hachemitas.
Arafat combatió codo a codo frente a su diezmado pueblo y pudo salvar su vida, disfrazado de kuwaití, huyendo a Egipto.
¿Cómo no iba a ser violento este musulmán, si todo lo que lo rodeaba era violencia inhumana e irracional, incluso la violencia de hermanos contra hermanos?
Después de la matanza del setiembre negro, Nasser organizó una conferencia en El Cairo, de todos los países árabes. Arafat fue invitado y también su verdugo, el monarca Hussein.
Algunos dirigentes árabes no quisieron que estuviera presente porque no sabían cómo sería su encuentro con el rey jordano.
Mohamed Hassanein Heikal, autor del The Cairo Documents, citado por Alponte relata así ese tenso encuentro: “Llegó el rey Hussein a la reunión con dos oficiales armados. Arafat, con la pistola al cinto, gritó: Aquí está el criminal. El rey Faisal, implacable, advierte: Dios mío, estamos ante un arsenal y estos energúmenos están armados. Se negó a sentarse entre los que estaban armados pero éstos no dejaron las armas. Nasser, paciente, insistió ante Hussein y Arafat en la necesidad de un acuerdo para terminar con la sangre. Horas terribles. Acompañó, al final, a sus huéspedes hasta sus aviones. El león egipcio se sintió enfermo en el aeropuerto. Le conducen a Palacio. Los cardiólogos después de 5 horas logran reanimarle. Quiso ponerse inmediatamente a trabajar. El Dr. Gawy le dijo que no. Nasser contestó al doctor: gracias a Dios estoy mejor. Fueron sus últimas palabras. Nasser muríó ese día, 28 de setiembre de 1970, en pleno setiembre negro. Tenía 52 años.”
Arafat era un hombre de guerra. Pero quién puede negar que también era un hombre de paz, también un guerrillero de la paz.
El mismo guerrero que en marzo de 1972 declaraba que “no aceptaremos la paz y el fin de Israel es el objetivo de nuestra lucha”, descubrió en sus entrañas que ese camino conducía a su pueblo al abismo y a la inexistencia. Tuvo que recorrer muchos años de solitario desierto, tuvo que vivir muchos fracasos y finalmente aprendió la dialéctica de la historia: la violencia es la partera y la racionalidad y la tolerancia son la nutriente de la vida. La síntesis hegeliana de ambos polos opuestos no podía ser otra que el reconocimiento implícito del Estado de Israel en 1988, en la ciudad de Argel, y el parto de los montes que no otra cosa fueron los históricos Acuerdos de Oslo, cuando el 13 de setiembre de 1993, el mundo emocionado vio estrecharse las manos del jefe del Estado de Israel, Isaac Rabin, otro guerrillero pacifista y el Presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat.
La estrategia de Arafat se había consumado. Ambos pueblos se aprestaban a reconocerse mutuamente y a transitar el camino de la comprensión y la tolerancia.
Poco tiempo después el fundamentalismo judío se cobró la vida de Rabin y arrinconó a Arafat hasta su muerte.
Ambos pueblos, judío y árabe, son amantes de la paz. Ambos pueblos saludan a la paz como el bien más preciado. Gadol hashalom dicen los judíos; salam alaykum repiten los árabes (la paz sea contigo).
No son los pueblos sino los fanáticos quienes le tuercen la mano a la historia de esas Naciones. Quienes terminaron con los sueños y las utopías de Arafat y Rabin.
Y son esos dos pueblos los que tendrán que poner fin a esta insania colectiva, a este Gólgota injusto surgido en la cuna de nuestra civilización.
Con la pérdida de Arafat, el mundo pierde a un hábil estratega de la paz, devorado por fuerzas y urdimbres muy superiores a su capacidad de acción.
Era un imprescindible y así lo viví cuando lo entrevisté, en mi carácter de Director de Le Monde Diplomatique en español, en 1982 en una Beyrut en guerra, cuando me llevaron encapuchado a uno de sus refugios, durante 4 horas, debiendo cambiar rápidamente de lugar en dos ocasiones, ante la intensidad de los ataques.
Esa conversación franca, al par que emotiva me convenció de la honestidad d sus principios y de la intensidad de su guerrilla por la paz para su pueblo y la región.
¡Que Arafat sea sembrado y que el pueblo judío y el pueblo árabe puedan entender el mensaje de este guerrillero de la paz!