Juan Carlos Dean ha vivido.

Miércoles 04 de agosto de 2004

 

Escribe : Federico Fasano Mertens

 

Aún sin maquillar las arrugas en el alma que nos dejó la desaparición del general del pueblo, cuando nos arrancan de cuajo y sin previo aviso la vida de otro imprescindible.
Ha dejado de latir uno de los corazones más abundantes, generosos y exultantes de la izquierda uruguaya.
Ninguna palabra podrá cubrir hoy la ausencia de Juan Carlos Dean, el gran decano reformador de Ciencias Económicas, el compañero solidario de los largos años del exilio mexicano, el maestro querido hasta la exageración por los alumnos que desbordaban sus aulas todos los días, el lúcido militante del Frente Amplio que preparaba junto a sus colegas economistas el plan que en marzo intentará hacer más humano el país en ruinas.
En lo personal, a Sonia Breccia y a mí, nos significa la pérdida de un amigo entrañable, de un compinche excepcional, de un hermano en las buenas y en las malas.
Era un amigo de fondo, incondicional cuando había que serlo, inteligente siempre donde cuenta, que es en el corazón.
Como hombre de izquierda y como trabajador intelectual puso toda su energía al servicio de la reforma universitaria, y de la construcción del hombre nuevo en una sociedad de ciudadanos iguales.
Cuando hoy acompañábamos a esa gran mujer, la socióloga Susana Mallo, puntal de Juan Carlos en las luces y más aún en las sombras, desolada por la inesperada y brutal desgracia, que rodeada de centenares de personas conmovidas, autoridades universitarias y políticas, docentes y jóvenes estudiantes estremecidos, pensábamos en otras facetas de Juan Carlos, desconocidas por muchos.
A sus rigurosas condiciones intelectuales, a su excepcional memoria a la que acudí personalmente en muchas ocasiones, Juan Carlos sumaba una alegría muy especial.
Llegaba el fin de semana y el intelectual, el docente, el político, no perdía ocasión para cantar, recitar, bailar, murguear, siendo el animador principal de cuanta reunión se le cruzara en el camino.
Puede parecer de mal gusto recordar estas virtudes mundanas en un intelectual tan fermental y en un administrador universitario de primer nivel.
No lo es. Ambas condiciones, la del hombre de ideas y la del hombre sembrador de vitalidades y alegrías, fueron las que dejaron la huella de una ausencia que hoy nos duele tanto.
Mientras lo enterraban en el Buceo, le comentaba a mi compañera: “Juan Carlos hubiera querido que aquí lo despidieran con los sones y las letras de la retirada de Araca la Cana, que era su himno de batalla y que tan bien lo bailaba y cantaba”.
Me hacía acordar a ese tipo excepcional, el intelectual, el docente, el escritor y bailarín, ocasional Helvio Botana, hijo del gran periodista uruguayo Natalio Botana, a quien le daba por cantar y bailar cuando era superado por la alegría o por la tristeza: “Seguiré bailando como suprema forma de expresión hasta que mi cuerpo aguante, luego, lo seguiré haciendo, entre cometas y estrellas, en el otro vertiginoso ritmo”.
En estas fugaces líneas sobre Juan Carlos, tres breves anécdotas de las que fuimos testigos ayer nos reconfortaron con la vida y con las luchas de nuestro camarada.
Juan Carlos Dean aspiraba a ser Rector de la Universidad de la República, su casa ancestral, la catedral de su vida, y peleó por ello.
No lo consiguió. El apoyo del anterior Rector, Jorge Brovetto, el actual Rector Rafael Guarga fue decisivo y, por pocos votos, Dean debió resignar sus aspiraciones. En el Decanato fue sustituido por Miguel Galmés.
Ayer, en su última despedida, estaban presentes el decano Galmés, el Rector Guarga y el ex Rector Brovetto.
El llanto de Galmés despidiendo a Juan Carlos en el patio de la Facultad de Ciencias Económicas ante cientos de estudiantes que no podían contener la emoción, y sus palabras sinceras sobre la esencialidad de Dean, conmovieron por su sinceridad a todos los presentes.
El Rector Guarga, presente en el velatorio nocturno, también en la Facultad y en el propio cementerio me dijo que Juan Carlos Dean era el mejor de ellos, era uno de los que más se habían entregado a la causa de la Universidad. El ex Rector Brovetto, hablando con Sonia y conmigo, fue aun más explícito: “Nuestros mejores universitarios eran Rafael Guarga y Juan Carlos Dean. Había que optar por uno de ellos. Juan Carlos unía a sus brillantes ideas, la fuerza y la hiperactividad. Guarga unía a sus fecundas ideas, la serenidad y la paciencia. Yo opté por Guarga con el dolor de postergar a Dean. Siempre hay que optar y sé que a Juan Carlos le dolió esta opción. Pero también él hubiera sido un gran Rector”.
Ayer, en las exequias de ese árbol de la vida que fue, que es, Juan Carlos Dean, los tres académicos, Brovetto, Guarga y Galmés probaron ser dignos portadores de la palabra “grandeza” en un país donde pululan las mezquindades.
Hoy, al acompañar a Susana en su dolor, le recordamos con Mauriac que “la muerte no nos roba a los seres amados, al contrario, nos los guarda y los inmortaliza en el recuerdo mientras que la vida sí que nos los roba muchas veces y en algunas, definitivamente”.
El aprendió a vivir, no a durar.
Los romanos cuando alguien moría no decían: “él ha muerto”. Decían “él ha vivido”.

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