A Zumarán y a Canalda
La verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero
En los últimos días las noticias plenamente confirmadas de LA REPÚBLICA, vinculadas a dos
medios de comunicación masivos radiofónicos, El Espectador y Panamericana,
desencadenaron reacciones de los responsables de ambos medios que parecen ignorar la
esencia de la obligación que asume todo comunicador.
Los dos casos fueron distintos, también distintas fueron las reacciones contra nuestro medio y
distinta será nuestra respuesta.
En el caso de Panamericana informamos que Edmundo Canalda, su director, renunciaría tanto
a la radio como al MLN, que sería sustituido por Carlos Casares y militaria en filas ajenas al
Frente Amplio sin especificar fechas.
Cuatro de las tres noticias publicadas tuvieron confirmación efectiva a las 24 horas de
publicadas, renunciando el señor Canalda tanto a la radio como al MLN y asumiendo la
dirección de la onda radial Carlos Casares.
Su militancia en “filas ajenas al Frente Amplio” no fue desmentida claramente por el aludido
quien se limitó a señalar que militaría en la “izquierda” sin especificar de que izquierda estaba
hablando, refiriéndose más adelante a un “Frente Grande” entidad política que por el momento
desconocemos haya sido fundada alguna vez.
Iracundo por la publicación de la noticia de su alejamiento simultáneo antes que éste se
produjera, el señor Canalda en lugar de aceptar los hechos que estaba confirmando con la
presentación de sus dimisiones, se dedicó a vociferar, desde las mismas ondas que
abandonaría minutos después, contra mi persona por la osadía de informar sobre hechos que
no lo menoscaban y que él sabe que son rotundamente ciertos.
Mal aprendiz de periodismo el recién llegado a esta profesión Edmundo Canalda se olvido que,
para dirigir un medio de comunicación, lo primero que tiene que aprender el aspirante es
reconocer las evidencias allí donde se encuentren. Enfadarse contra quien las exhibe con
antelación y apelar al insulto contra quien no esconde lo que sabe cierto, es conducta más bien
de tenderos que de periodistas obligados a aproximarse a la realidad para someterla a la
opinión pública.
Creíamos que lo había aprendido en su corto paso por los dos medios partidarios por donde
rápidamente transitó. No sabemos a que se dedicará ahora. No le aconsejamos
el periodismo. Para ello hay que estar enamorado de la información más que de su propio
ombligo.
A otra cosa.
El senador Alberto Zumarán, a quien conocimos en el exilio cuando recorría América Latina
buscando apoyos contra la dictadura, y a quien mucho respetamos por su valentía en épocas
difíciles, con quien discrepamos profundamente cuando ayudó a consagrar con su voto y con su
influencia la impunidad de la patota criminal que se adueñó del país y de su gente y a quien
volvimos a respetar en la hora de su derrota política por su entereza e hidalguía, se lamentó
ayer en Emisora Alfa en términos respetuosos pero equivocados que “LA REPÚBLICA le
diera tapa y una página a un hombre que no merece credibilidad en ningún lado”.
Es tan difícil en este país poder cumplir la tarea de informar sin caer en fáciles amiguismos y
ocultarnientos tácticos, que por momentos parecemos vivir en un subdesarrollo informativo
difícil de encontrar en otras comarcas democráticas.
En cualquier diario independiente europeo o norteamericano o de muchos países
latinoamericanos, ningún editor dudaría en publicar la denuncia firmada por un síndico de una
sociedad que fue propietaria de tres importantes radios, avalada por la denuncia del principal
accionista de esa sociedad, que afirma nada menos que el gobierno días antes de expirar su
mandato le retira la concesión a Difusoras del Uruguay y se la entrega a otra sociedad cuyo
propietanio acaba de ser importante candidato a la presidencia de la República.
LA REPUBLICA verificó la identidad de los denunciantes, los cargos que ocupaban en la
sociedad aludida, el monto accionario detentado y el hecho público de que ya no poseían el
derecho a utilizar las ondas de El Espectador porque el presidente Sanguinetti y el ministro de
Defensa Nacional, Hugo Medina, se lo habían entregado al senador blanco Alberto Zumarán y
al dirigente pachequista Luis de María.
LA REPÚBLICA no emitió aún juicio sobre estos hechos ni sobre los fundamentos de la política
de comunicación del gobierno nacional, quien sienta con este acto un precedente de
importancia inusual. Probablemente LA REPÚBLICA cuando analice la resolución del Poder
Ejecutivo se expida a favor de un cuidadoso otorgamiento de las ondas a quienes acrediten
méritos sociales suficientes al servicio de la comunidad.
Sería una buena regla de oro a apoyar. Pero para que ésta sea democrática debe ser aplicada
por igual sin privilegiados y entenados.
Quizás hizo muy bien el Poder Ejecutivo al revocar la concesión a Difusoras del Uruguay y
entregársela a Zumarán y a De María. Quizás también sería bueno que la sociedad civil, única
dueña de las ondas radiales, patrimonio de la Nación, supiera las razones por las que se
cambió de concesionario. La transparencia faltando pocos días para el término del mandato
colorado, servirá para despejar dudas.
Pero no se trata de esto, sino de la obligación de LA REPUBLICA de no ocultar el tema.
Zumarán nos critica haberle dado voz a Mailhos y a Dupetit a quienes califica de “delincuente” y
“loco” en el primer caso y de “delirante” en el segundo.
No conocemos ni a Mailhos ni a Dupetit. Por sus antecedentes ideológicos es muy probable
que estemos en las antípodas del pensamiento que representan. Pero tienen derecho a decir su
verdad. Y más en tema tan delicado como es el vinculado al poder y a la información.
La verdad, senador Zumarán, sigue siendo verdad, la diga Agamenón o su porquero. No sé si
son ciertas las calidades delictivas y sicofísicas que usted les endilga a esos dos
ciudadanos a quienes los vi por primera vez en mi vida. O si efectivamente ellos son los
porqueros redivivos de Agamenón. Lo que importa no es eso sino si son ciertas las
afirmaciones que realizan amparados en su probada condición de síndico y principal accionista,
Ese es el punto sobre el que la sociedad civil necesita una respuesta y que este diario está
dispuesto a encontrarla, confiando hasta que se pruebe lo contrario, en la honestidad del
senador Zumarán, que nunca personalmente ni editorialmente hemos puesto en duda.
Haber ocultado esta información por mal entendidos respetos reverenciales, o la seducción del
amiguismo o el chantaje de los prestigios, hubiera sido traicionar nuestro compromiso raigal con
la opinión pública.
Usted, senador Zumaran, hubiera hecho lo mismo.