El 85% de los ciudadanos uruguayos habilitados para sufragar hizo añicos, el 26
de noviembre de 1989, la centenaria hegemonía del sistema político tradicional,
implantando por vez primera en la historia uruguaya, un sistema multipartidista
real, instalando también por primera vez un intendente (alcalde) marxista en la
capital del país, al mismo tiempo que con los votos del interior, la joven derecha
blanca desalojaba de la primera magistratura a la añeja derecha colorada.
Puede afirmarse, sin exageración alguna, que estas elecciones han sido las más
importantes y ferméntales en la historia de esta nación de sólo 3 millones de
habitantes, pero con un territorio similar al de Nicaragua, El Salvador y Costa Rica
juntos, con posibilidad de albergar a veinte millones de seres humanos, con el
más alto índice de urbanización en el continente, con 16 de sus 18 millones de
hectáreas aptas para la explotación ganadera y agrícola, con uno de los más altos
niveles culturales de América Latina y con el mayor nivel de ateísmo en el mundo
occidental.
Las huellas que dejarán en la sociedad uruguaya los resultados del terremoto
electoral de noviembre de 1989 sólo son comparables en magnitud, no en
permanencia, con las profundas huellas dejadas en esta nación por la pesadilla
militar desencadenada en junio de 1973 por las fuerzas armadas, que después de
nueve décadas de incontaminación autoritaria afectaron seriamente el paradigma
uruguayo de la democracia liberal.
Este sismo político del 89 no puede explicarse sin tomar en cuenta las secuelas
del gobierno de facto, que convirtió durante 12 años a un país antaño portador de
una mística de respeto a los derechos humanos, consagrada en no menos de 60
artículos constitucionales en la «cámara de torturas de América» como la calificara
el alcalde de Nueva York, Edward Koch, con el mayor número relativo de presos
políticos en el mundo y con la mitad de su presupuesto nacional destinada a la
represión selectiva.
Se impuso la centro derecha
Para el lector latinoamericano, vale consignar que las elecciones uruguayas fueron
ganadas por el ala de centro derecha del Partido Nacional (Luis Alberto Lacalle),
que sumando los votos de sus sectores de centro (Alberto Zumarán) y centro
izquierda (Carlos Julio Pereyra) del mismo partido, en virtud de una antigua y
cuestionada ley electoral que permite varias candidaturas presidenciales
«acumulables» dentro de una misma colectividad política, desalojó del gobierno,
por tercera vez en lo que va del siglo, a su tradicional adversario el Partido
Colorado, mastodonte político, símbolo del poder en Uruguay, colectividad que
ganó todas las elecciones del siglo XX, con excepción de las de los años 1958,
1962 y la de 1989.
Es también ésta la primera vez que un blanco (integrante del Partido Nacional, en
contraposición al Partido Colorado) es ungido presidente de la República. En
1958, cuando los blancos ganaron por primera vez, no existía esa magistratura,
sino un gobierno colegiado de nueve miembros de presidencia rotativa.
Debe apuntarse también que ésta no fue una elección reñida. Los blancos
derrotaron a los colorados por un 8% de los votos, aproximándose de esta manera
a la mayor derrota sufrida por éstos en 1958, cuando el Partido Nacional se
impuso por una diferencia de casi el 12% de los sufragios válidos.
La interna nacionalista (blancos) fue zanjada a favor del centro derecha
representado por el «herrerismo» conducido por el senador Lacalle, quien obtuvo
el 58% de los votos, seguido por el centro izquierda del Movimiento Nacional de
Rocha (MNR), orientado por el senador Carlos Julio Pereyra, que registró el 12%
de los sufragios nacionalistas, y finalmente por la oferta centrista del senador
Alberto Zumarán del Movimiento por la Patria, delfín del último caudillo uruguayo
recientemente desaparecido, Wilson Ferreira Aldunate, que solamente alcanzó el
13% del electorado blanco.
El Partido Colorado, por su parte, también registró tres candidaturas
presidenciales, que acumulaban sus votos entre sí. En la opción colorada no
figuraba ninguna oferta de centro izquierda a nivel presidencial.
El centro derecha colorado estaba representado por el senador Jorge Batle,
sobrino nieto de José Batlle y Ordóñez fundador del Estado uruguayo moderno e
hijo de uno de los más carismáticos políticos populistas del país, el Dr. Luis Batlle
Berres. La derecha colorada se hizo presente a través del embajador Jorge
Pacheco Areco, expresidente uruguayo en la dura década de los 60, donde
combatió con mano férrea a los Tupamaros y al movimiento obrero organizado.
Una tercera opción de último momento intentó capitalizar los votos del alicaído
centro colorado y fracasó estrepitosamente. Estaba conducida por el exministro
del Trabajo del gobierno del actual presidente colorado Julio María Sanguinetti, el
Lic. Hugo Fernández Faingold.
El centro derecha (Jorge Batlle) obtuvo el 49% de los votos colorados, mientras
que la derecha (Pacheco) se quedó con la otra mitad del partido, obteniendo el
48% de los votos partidarios, y el centro, representado por el exministro del
Trabajo, sólo alcanzó el 3% de los votos de su colectividad.
La izquierda por primera vez en el poder
Por su parte, la izquierda integrada por el Partido Comunista, el Partido Socialista,
los Tupamaros, el Partido por la Victoria del Pueblo de origen anarquista, el
Partido Socialista de los Trabajadores de origen trotskista, organizaciones de
izquierda independiente como la IDI, escisiones del Partido Nacional como el MPF
del senador Rodríguez Camusso, la Corriente Popular del diputado Pita, la Unión
Popular de Enrique Erro y el MRO del exdiputado Ariel Collazo, desprendimientos
del Partido Colorado de origen michelinista como el Movimiento 26 de Mayo, o de
origen batllista, como el Movimiento Pregón de la Dra. Alba Roballo, así como
escisiones del Partido Demócrata Cristiano y otras corrientes nuevas sin
referentes en el pasado, estrecharon filas en torno al lema Frente Amplio y dieron
una sorpresa electoral impensable un año antes.
Los partidos de izquierda venían de sufrir la única y más traumática fractura desde
la fundación del Frente Amplio en 1971, hace ya 18 años. La poderosa corriente
michelinista (por Zelmar Michelini, numen del Partido Colorado, colectividad que
abandonó para cofundar el Frente Amplio en 1971, y que fuera asesinado en 1976
en Buenos Aires por sicarios de la dictadura uruguaya) conducida ahora por el
senador Hugo Batalla, cuestionó a los sectores marxistas del Frente y se alejó de
la coalición. Arrastró con ella al Partido Demócrata Cristiano, único partido de ese
signo en América Latina que integraba una alianza con partidos marxistas. Las
dos fuerzas secesionistas se llevaban teóricamente consigo el 49% de los votos
obtenidos por el Frente Amplio en la última elección. Las urnas revelaron
resultados distintos: sorprendentemente, el Frente Amplio obtuvo la misma
votación que en la elección anterior, creciendo ante la adversidad. La escisión no
le quitó ningún voto a la izquierda, sino al centro de los partidos tradicionales. Y
fue precisamente esta succión sorpresiva de votos tradicionales lo que le permitió
al Frente obtener por primera vez en la historia del país una Intendencia (Alcaldía),
nada menos que la de la capital de la República, que por su incidencia es
considerada como el segundo gobierno nacional. El Nuevo Espacio, opción de
centro izquierda, como se denomina la escisión frenteamplista integrada por los
michelinistas que se fueron del Frente y por el PDC, perdió la quinta parte de los
votos que obtuviera en la última elección, cuando integraba el Frente Amplio.
Pero si el Frente Amplio no perdió ningún voto con la escisión y el Nuevo Espacio
obtuvo casi la décima parte del electorado total cabe preguntarse de dónde reclutó
las simpatías vacantes.
Una rápida mirada al escrutinio permite afirmar que prácticamente todos los
sufragios de esta novel fuerza política fueron extraídos del Partido Colorado.
Paradojas
Las cifras son claras. El Partido Nacional y el Frente Amplio recogieron
aproximadamente el mismo porcentaje de votos que en los comicios anteriores. El
Partido Colorado perdió el 10% de su votación y el flamante Partido «Nuevo
Espacio» obtuvo casi el 10% del electorado. Esto parece ser lo que sucedió: la
división del Frente Amplio, tan publicitada por el gobierno, provocó indirectamente
la caída del Partido Colorado y la toma del poder comunal por parte del Frente
Amplio, por primera vez en la historia del país. Bueno es aclarar que la ciencia
política no es una ciencia matemática y no caeremos en el reduccionismo de
afirmar que sólo los números pueden explicar simplistamente lo que pasó. Es muy
probable que el Frente también haya captado masas de nuevas simpatías que
ocuparon rápidamente el lugar de los rupturistas, disimulando esas ausencias y
provocando un fenómeno que dificulta la tarea de los analistas por descubrir los
trasvasamientos que se hayan producido. Esta afirmación, sin embargo, no
creemos que impida destacar que la tendencia general de los votos de izquierda
fue quedarse en el Frente, a la vez que se reclutaban para el «Nuevo Espacio»
votos colorados a granel, que a la postre le dieron la Intendencia (Alcaldía) a la
izquierda.
Para completar esta radiografía electoral, debe indicarse que los tres grupos que
conformaron el «Nuevo Espacio» votaron en forma muy desigual. El sector
michelinista obtuvo el 78% de los votos de esa coalición, la Democracia Cristiana
el 18% y la Unión Cívica, grupo católico que no provenía del Frente Amplio, pero
que se alió a último momento con los que se fueron del Frente, sólo obtuvo el 4%
de los sufragios del «Nuevo Espacio» y perdió toda representación parlamentaria.
La interna frentista se resolvió de la siguiente manera: el Partido Comunista y sus
aliados obtuvieron el 47% de los votos frentistas, mientras que el Partido Socialista
alcanzó el 22%,la izquierda alternativa (independientes más desprendimientos
blancos y democristianos) logró el 16%, los Tupamaros y sus aliados el 11% y
otros grupos el 4%.
De acuerdo a estos resultados, el «Nuevo Espacio» queda en manos del sector
michelinista orientado por el senador Batalla y el Frente Amplio eliminó el peligro
de la mayoría interna absoluta de los comunistas, que fue el caballito de batalla de
los escisionistas. El Partido Comunista y sus aliados, si bien obtuvieron la más
importante votación de su historia, no alcanzaron la mitad más uno que los hubiera
trocado en virtuales «dueños» del Frente Amplio, fenómeno éste no deseado ni
siquiera por el propio Partido Comunista. Los sectores no comunistas y sus
aliados continúan siendo mayoría en la gran coalición de izquierda.
El gobierno más débil de las últimas décadas
El electo presidente Lacalle, pese a haber obtenido para su fracción (herrerismo)
la mayor votación de los últimos 30 años, no alcanzó, aun sumando los votos de
sus aliados blancos (el MNR y Por la Patria), ni las mayorías simples en ninguna
de las dos Cámaras para poder dictar leyes propias ni las mayorías calificadas que
tenía el presidente Sanguinetti (53 legisladores entre senadores y diputados), para
poder evitar la caída de sus ministros e impedir mediante el uso del veto que le
aprobaran leyes contrarias a sus políticas.
Lacalle obtuvo 8 senadores y 27 diputados, los que sumados a los 3 senadores y
11 diputados de su aliado el Movimiento Nacional de Rocha (el senador Pereyra)
más el único senador y único diputado que obtuvo el Movimiento Por la Patria
(senador Zumarán), da un total al partido gobernante de 13 senadores (12
obtenidos en las urnas y uno más por haber ganado la vicepresidencia de la
República, cargo éste que preside el Senado) y 39 diputados, en un total de 31
senadores y 99 diputados. Es decir obtuvo 52 legisladores, uno menos de los dos
quintos (53 legisladores) para poder impedir la censura de sus ministros y
gobernar con vetos.
El Partido Colorado por su parte obtuvo 9 senadores y 30 diputados, el Frente
Amplio 7 senadores y 21 diputados y el Nuevo Espacio 2 senadores y 9 diputados.
De esta manera, el panorama electoral ideológico partidario quedó conformado en
tres tercios iguales, aunque el tercio mayor quedó en manos del gobierno blanco,
en virtud de la mecánica de adjudicación de bancas por cociente decreciente. Un
tercio mayor fue para el Partido Nacional, un tercio para el Partido Colorado, y un
tercio para la izquierda conformada por el Frente Amplio más el Nuevo Espacio,
que aunque separados orgánicamente mantienen similares propuestas. En este
esquema, Lacalle enfrenta a una doble oposición partidaria e ideológica. En la
confrontación partidaria se le oponen 78 legisladores a los 52 con que él cuenta.
En la confrontación ideológica y de políticas puntuales su situación mejora. No
cuenta para imponer su modelo neoliberal con el apoyo de su aliado de centro-
izquierda (Movimiento Nacional de Rocha) ni con los 3 senadores y 11 diputados
electos por ese sub-lema. Obviamente, tampoco cuenta con los 9 senadores y 30
diputados del Frente Amplio y el Nuevo Espacio.
Pero en contrapartida, las dos fracciones coloradas que obtuvieron representación
parlamentaria apoyan su modelo de país y entre ambas pueden aportarle 9
senadores y 29 diputados, que le darían la mayoría para gobernar.
El fantasma de la elección anticipada
Sin embargo, son muy pocos los analistas que vaticinan tal apoyo. La derrota
sufrida en noviembre de 1989 por el Partido Colorado fue humillante y en esas
filas es considerada injusta.
Los dirigentes colorados estiman que se sacrificaron en aras de la transición,
pacificando al país y convirtiéndolo en uno de los más estables de América Latina,
económica e institucionalmente hablando. El ánimo de revancha crece en sus
filas. A escasas horas del triunfo blanco, ya se predecía que el caos económico se
implantaría en el país, anunciándose un 150% de inflación en 1990 y una caída
del salario real del 8%, en un país cuya inflación durante el gobierno de
Sanguinetti no superó el 70% promedio anual.
No son pocos los que auguran que el gobierno Lacalle no terminará el mandato y
que habrá (por vía constitucional) convocatoria de elecciones anticipadas. Hasta el
momento ninguna fuerza política se ha inclinado por integrar el gabinete blanco.
Otros dos elementos conspiran contra la administración lacallista. Uno de ellos es
la espina izquierdista atragantada en el aparato digestivo del gobierno nacional.
La Intendencia de la capital de la República (Alcaldía) en manos del Frente Amplio
augura enfrentamientos entre el poder ejecutivo nacional y el poder ejecutivo
comunal de la principal ciudad del país.
Nunca, salvo en una sola ocasión, la Intendencia de Montevideo dejó de estar en
las mismas manos que timonearon el gobierno nacional. Solamente en 1962 se
dio un caso similar, cuando por segunda vez en lo que iba del siglo los blancos
ganaron las elecciones nacionales, pero perdieron la comuna de Montevideo, que
quedó en manos coloradas.
La experiencia fue traumática, aunque se trataba de dos partidos que no
cuestionaban el sistema político, ni en su fronda ni en sus raíces.
En esta oportunidad se espera una confrontación dé mayor nivel. El otro elemento
que dificultará las políticas lacallistas se encuentran en su propio partido.
El Movimiento Nacional Rocha, sin cuyos votos no hubiera podido triunfar el
herrerismo de Lacalle, discrepa con el Presidente en casi todos los puntos
esenciales de su programa y fundamentalmente en la filosofía neo-liberal que lo
sustenta.
Son mayores las coincidencias del Movimiento de Rocha con el Nuevo Espacio y
el Frente Amplio que con el Dr. Lacalle.
Dado el conocido principismo político del senador Carlos Julio Pereyra, es muy
difícil que su Movimiento resigne postulados económicos y sociales muy
arraigados en su historial, para dar una mano al Presidente blanco.
Estas discrepancias seguramente serán formalizadas en el Parlamento cuando
haya que votar las políticas del Poder Ejecutivo.
En Uruguay «Collor de Mello» se impuso a «Vargas Llosa»
El panorama que se le presenta a Lacalle no es nada halagüeño. La única salida
que pareciera quedarle es buscar el apoyo de su gran contrincante en estos
comicios: el inteligente líder del Partido Colorado, Dr. Jorge Batlle Ibáñez, quien
fuera derrotado por tercera vez en sus aspiraciones por acceder a la primera
magistratura del país. Batlle fue, quizás, el político tradicional de mayor
envergadura intelectual en estas últimas elecciones. Portaba en sus alforjas
ideológicas un modelo de país moderno, neo-liberal, pero a la uruguaya. Su
discurso apasionado, a la par que racional, sacudió por su versación a una
sociedad no acostumbrada al proyecto de la nueva derecha reaccionaria, culta y
civilizada que hoy es moda en América Latina.
A mediados de 1989, nadie discutía que Batlle sería el próximo presidente de los
uruguayos. Sabía qué tipo de país quería y cómo hacerlo. Toda su campaña fue
antidemagógica. Su consigna fue: «que me voten sólo los que están de acuerdo
con mis ideas; prefiero perder la elección a disimular lo que pienso». Y lo que
pensaba no era popular. Su antidemagogia lo perdió. Cada vez que decía su
verdad perdía miles de votos. El caso más dramático fue el de la proyectada
reforma a las jubilaciones para mejorar el deteriorado nivel de vida de los pasivos.
Batlle afirmó que el proyecto a plebiscitar era inviable e incosteable y hundiría todo
el sistema. Las fuerzas políticas no desaprovecharon la oportunidad y lo
denunciaron ante los
600.000 jubilados. La reforma fue aprobada por el 85% de los votos en el mayor
éxito plebiscitario de todos los tiempos. Hoy nadie sabe cómo pagar la reforma a
los pasivos, que se ha convertido en uno de los principales obstáculos en el
proyecto del presidente electo.
Enfrentado al presidente Sanguinetti, las expectativas de Batlle quedaron
aprisionadas en medio de un dilema de hierro: pagó el voto castigo a un gobierno
que no fue el suyo, pero que no podía atacar porque era ofender a su propio
partido y, al mismo tiempo, no recibió los beneficios del poder, porque Sanguinetti
le negó la sal y el pan que podían haber revertido la elección.
A la antidemagogia de Jorge Batlle se le sumó la eficiencia de la campaña
televisiva de Lacalle, que fue presentado ante la ciudadanía como un producto
excepcional, modelado a gusto del consumidor. Un año antes carecía de chance
alguna y en poco tiempo fue el boom. Fue un duelo entre derechas, donde
finalmente el estilo «Collor de Mello» se impuso al estilo «Vargas Llosa».
El discurso de Lacalle coincidía con el de Batlle, pero la imagen no. Lacalle no se
aferró a la rigidez espartana y antidemagógica de Batlle y se dejó conducir por sus
asesores de imagen, que lo impusieron como se impone una marca de dentífrico.
Hoy intentará probar que no era sólo un fenómeno de imagen al estilo de Collor de
Melo, sino un político con proyección de estadista. Vocación para ello le sobra.
Hoy Batlle está derrotado. Fue el primero que reconoció el día de la derrota que
los montevideanos quieren el socialismo. Está vencido y espera. Sabe que Lacalle
lo necesita. Y tiene cinco años por delante. También los tiene la izquierda, pero a
diferencia de Batlle, ésta no puede esperar. Tiene que probar en estos cinco años
que no es el «cuco» que la derecha tradicional difundió con artimañas y malas
artes. Tiene que probar que la eficiencia, la modernidad y la responsabilidad no
son vocablos reñidos con la solidaridad, la igualdad y la justicia. Y promete
construir la mejor política comunal de las últimas décadas.
La locomotora que espera accionar para mover sus vagones es nada menos que
la gente, anónima y esperanzada, que ha comenzado a creer que por fin, va a ser
tomada en cuenta. De esta gestión depende en buena medida que la izquierda
sea opción de poder nacional en 1995. Víctor Hugo dijo un día antes de morir que
«la utopía es la verdad del mañana». Hoy los frentistas uruguayos creen que este
aserto no está tan lejos de convertirse en realidad en estas comarcas del Río de la
Plata, donde aún no han cicatrizado las heridas abiertas por la pesadilla militar.