No hay nada más amargo que cierta clase de victorias

Cuando los 2 mil marinos y paracaidistas de la nación más poderosa del planeta decidieron
el martes 25 de octubre entrar a sangre y fuego en el Mar de las Antillas, en la más
meridional de las islas de Barlovento, defendida por escasos centenares de hombres mal
armados, todas las cancillerías y los pueblos de América Latina comprendieron que el botín
no era ese pequeño óvalo de 344 kilómetros cuadrados llamado Granada, sino el continente
entero, advertido por este medio punitivo de la inapelable Intolerancia imperial.
La invasión estadunidense cerró así el paréntesis abierto hace 18 años cuando 20 mil
infantes de marina de ese país, cancelaron cruentamente el proceso democrático impulsado
por el coronel Caamaño Deñó en la República Dominicana.
Desde esa fecha, las cúpulas belicistas de esa gran potencia prefirieron trocar las
invasiones armadas por invasiones económicas, culturales e informativas, que
proporcionaban mejores rendimientos a más bajos costos políticos, sin descuidar cuando las
circunstancias lo exigían, la posibilidad de organizar gol pes de Estado contra aquellos
gobierno civiles que permitían el ascenso de las luchas sociales en sus respectivos países.
La larga etapa de las intervenciones armadas estadunidenses contra nuestra América
Latina, iniciada en 1856 cuando el filibustero William Walker desembarcó en Nicaragua con
instrucciones concretas de incorporar ese territorio a EU, restableciendo previamente la
esclavitud abolida, vuelve hoy a cobrar vida pero en un contexto mucho más peligroso que
en la centuria pasada, al concretarse este acto de piratería internacional realizado bajo la
responsabilidad directa del belicoso jefe de la Casa Blanca.
El William Walker de hoy practica una piratería de características nucleares y devastadoras,
mientras la esclavitud que pretende imponer excede los límites del trabajo forzado y se
dirige al dominio de las conciencias que pugnan por superar la dependencia.
La invasión fue brutal, arrogante, desafiante de la conciencia mundial y basada en el
atropello de todas y cada una de las leyes internacionales que el gran país de Lincoln signó

en el concierto de las naciones. La excusa, inicua: el crimen insano perpetrado por una
minoría aislada de su pueblo, contra un revolucionario humanista, Maurice Rupert Bishop,
enfrentado en todos los órdenes de la vida contra el gobierno que hoy invadió su país en
engañoso y paradójico repudio contra su asesinato.
Las fuerzas invasoras, al asesinato de Bishop -que secreta y políticamente festejaron-
añaden hoy el asesinato del principio de no intervención, de la soberanía de una nación y de
todas las normas internacionales que regulan las relaciones entre los países.
Qué derecho tiene EU -salvo el derecho bárbaro y primitivo basado en la fuerza bruta- para
invadir una nación soberana, por el hecho de que en su seno se haya producido un
magnicidio en la persona, precisamente, de un adversario declarado de sus intereses.
Cuando las fuerzas prehistóricas de Pinochet asesinaron al presidente constitucional de los
chilenos, Salvador Allende, los infantes de marina no acudieron presurosos para castigar a
los criminales. Más bien las cañoneras estadunidenses patrullaron las costas de Chile en
defensa del holocausto, que su gobierno
preparó meticulosamente bajo la clave de Operación Camelot.
Qué les hubiera parecido a los estadunidense si otra nación del orbe hubiera alegado su
derecho a intervenir en EU para castigar a los culpables del asesinato de su presidente John
F. Kennedy, efectuado por fuerzas que en definitiva acentuaron el giro belicista de ese país.
Y si la excusa no tiene precedentes en las últimas décadas, menos lo tiene invocar el
Tratado de Asistencia Recíproca, al Tratado de la OECO o a la Carta de la OEA, tal como lo
hizo irresponsablemente ante la opinión pública de su propio país, el jefe de las fuerzas
invasoras, señor Ronald Reagan.
El TIAR sólo justifica la invasión en casos de ataque exterior, la OECO sólo cuando uno de
los ocho pequeños estados antillanos entre los que se encuentra Granada, fuera atacada
por una nación extranjera o por mercenarios con o sin apoyo interno, y el artículo 18 de la
Carta de la OEA la prohíbe expresamente entre sus signatarios.
Ante este ensayo maniaco, similar a las primeras invasiones lanzadas con cualquier
pretexto por el cabo austrico y sus huestes de la cruz gamada, que tensa aún más las
cuerdas de la confrontación central con Nicaragua, Cuba y todos aquellos pueblos que han
elegido la vía de desarrollo autónomo, los gobiernos y la opinión pública mundial, casi sin
fisuras, han aislado a EU en forma desconocida en los últimos años, dada la rara
unanimidad producida.
Aliados y simpatizantes lo han dejado sólo en su crimen. La propia opinión pública
estadunidense, tradicionalmente fuerte, madura y desarrollada, quedó consternada ante la

afrenta que le infringió su primer mandatario, quien no sólo no la consultó, sino que le ocultó
sus intenciones y se burló de su adultez política al mentirle sobre los reales motivos de la
invasión y la legitimidad de los instrumentos jurídicos en los que se apoyaba. Similar
reflexión se impone ante un congreso humillado por la prepotencia de un poder ejecutivo
que ha retrotraído a esa gran nación a las épocas del presidente WIlson, cuando declaró en
pleno recinto parlamentario que le enseñaría “a las repúblicas latinoamericanas a elegir
buenos gobernantes”, o a las épocas del célebre Billy Sunday, quien definía a un
izquierdista como “un tipo con hocico de puercoespín y un aliento que haría huir a un
zorrillo” agregando que si él pudiera “los amontonaría a todos en prisiones hasta que se les
salieran los pies por las ventanas”.
Con este acto autoritario y bárbaro, comienza para América Latina entera una nueva vela de
armas. Pero para el agresor también comienza la etapa de aislamiento y la pérdida de
amigos como nunca antes la había sufrido. Bien puede aplicársele a Ronald Reagan la
célebre reflexión de Wellington: “Salvo la derrota no hay nada más amargo que cierta clase
de victorias”.
No se confundan Reagan y sus halcones. Al sentirse deslumbrados por la brillantez del
espectáculo que montaron en Granada, quizás no perciben que lo que están realmente
contemplando es el esplendor del incendio que tarde o temprano los consumirá. Como
todos los gobernantes que sólo supieron hacer política basados en la fuerza bruta. De
ejemplos está llena la historia universal.

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