Confrontación en Tashkent

Una nueva confrontación en torno al nuevo orden de la información y la comunicación
protagonizarán 35 naciones el próximo 5 de septiembre, en Tashkent, territorio de la
URSS, cuando se reúna la Cuarta Reunión del Consejo Intergubernamental del
Programa Internacional para el Desarrollo de la Comunicación (PIDC) dirigido por la
UNESCO.


El PIDC luego de su reunión fundacional del 15 de junio de 1981 en París, de su
reunión de lanzamiento pragmático del 18 de enero de 1982 en Acapulco y de su
reunión distributiva de recursos del 13 de diciembre de 1982 en París, se apresta
ahora en Tashkent a una cuarta reunión de balance general que puede decidir el
futuro del Programa.


En el reciente Congreso del Pensamiento Político Latinoamericano celebrado en
Caracas donde fuimos ponentes en el sector de comunicación social, junto con otros
cuatro expositores, los franceses Francoise Barthelemy y Marcel Niedergang, el
boliviano Ted Cordova-Claure y el venezolano Eleazar Díaz Rangel, sostuvimos que
el más ambicioso programa de desarrollo comunicacional —el PIDC— había caído en
la trampa de un nuevo Plan Marshall de las comunicaciones basado en la estrategia
estadunidense de un PIDC pragmático, apolítico, orientado a facilitar el financiamiento
de las corporaciones transnacionales privadas, al amparo del sacrosanto principio del
libre flujo.


En esta cuarta reunión de necesario balance a más de dos años de su iniciación, el
PIDC deberá saldar la principal contradicción que aún conlleva en su seno:
transferencia tecnológica de la dominación o desarrollo de las capacidades
endógenas para lograr la autosuficiencia de los dominados.
Estados Unidos y sus aliados han logrado por el momento imponer su criterio de
despolitizar el tema, y desarrollar su oferta pragmática basada en la tesis de que sólo la transferencia de tecnología desarrollará el hipertrofiado sector de la comunicación
en el mundo dependiente. En síntesis: nos ofrecen “más de lo mismo”. De lo mismo
que ha acentuado la desigualdad y la dependencia y que ha logrado seducirnos para
descuidar nuestras políticas de desarrollo autónomo, esfuerzo endógeno, cooperación
horizontal, independencia cultural y búsqueda de la identidad nacional.


¿Puede acaso esperarse de la empresa privada transnacional la ayuda necesaria
para un desarrolio autónomo?


La tecnología que nos proponen, además de sus costos prohibitivos que acentuarán la
dependencia, no está destinada a ayudarnos para elaborar nuestros propios equipos
de acuerdo a nuestras necesidades autóctonas, no responden a nuestras estructuras
culturales y de comunicación nacionales y en la mayoría de los casos ignoran nuestra
imposibilidad real de asimilarlas y utilizarlas.
Por otra parte, el diseño de esta nueva penetración se basa en una construcción
tecnológica-financiera que nos obligará a mantener la uniformidad de equipos y
repuestos durante varias décadas. Y por si esto fuera poco ya comienza a advertirse
que este redivivo caballo troyano de las comunicaciones intenta colocarnos equipos
obsoletos que ya a nadie interesan o equipos vigentes pero de corta vida útil.
La ayuda no contempla en ningún caso créditos blandos, ni proyectos de rentabilidad
social por sobre la rentabilidad económica, ni impulso a la formulación de políticas
nacionales de comunicación —la iniciativa más temida por los partidarios del viejo
orden — ni la formación de planificadores y comunicadores para el desarrollo, ni el
apoyo a la programación planificada de la comunicación integrada a los planes de
desarrollo de cada país.


No se trata de negar al equipamiento como un factor necesario de progreso pero éste
jamás será logrado sin una voluntad de independencia real y sin que nuestras
naciones dependientes desarrollen previamente un proceso que fortalezca
cualitativamente sus capacidades endógenas para lograr la autosuficiencia sin caer en
el aislamiento.
Estas dos tesis volverán a encontrarse y polemizar en la reunión de Tashkent,
buscando superar el empate coyuntural que hasta el momento se ha producido.
En otro orden de cosas, los 35 países integrantes del Consejo, entre los que se
cuentan seis latinoamericanos —Argentina, Cuba, México, Nicaragua, Perú y
Venezuela— deberán resolver el problema planteado ante el elevado número de
proyectos ingresados y el escaso monto de recursos con que cuenta el Programa.

Hasta el momento se han aprobado unos 40 proyectos regionales, interregionales y
nacionales que representan un monto de U$S 8. 200 000, a los cuales se les
asignaron sólo un U$S 1.662.000 para su puesta en operación. La cuenta especial
cuenta con U$S 2.369 748 de los U$S 3.477.017 prometidos por los países. En los
últimos meses anunciaron nuevos aportes en dólares los siguientes países: Noruega
(un millón) EE.UU. (450 mil) India (200 mil) Nigeria (100 mil) y Finlandia (25 mil).
América Latina consiguió la aprobación de once proyectos por un monto total de 595
mil dólares. Son ellos: Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales e
Informativos (ALASEI ) por 170 mil dólares; entrenamiento en radiodifusión en el
Caribe por 120 mil dólares; Centro de Edición de ASIN por 10 mil dólares; sistemas de
intercambio entre ASIN y la Federación de Agencias de prensa árabes (FANA) por 65
mil dólares; Centro regional para la promoción del libro en América Latina por 50 mil
dólares; comunicación rural en Venezuela por 40 mil dólares; entrenamiento en Costa
Rica por 40 mil dólares; entrenamiento en Panamá por 15 mil dólares; casas
pequeñas de edición especializada en Colombia por 30 mil dólares; y dos proyectos
presentados por México en Acapulco sobre creación de un Centro Latinoamericano de
Comunicación Social por 167 mil 800 dólares de los cuales ya le habían sido
otorgados 40 mil y desarrollo de la prensa sindical latinoamericana por 60 mil dólares
de los cuales ya le habían adjudicado 15 mil. Sorpresivamente estos dos proyectos
mexicanos de vocación regional fueron retirados el año pasado por México, sin
explicación alguna, perdiéndose los 207 mil 800 dólares aprobados en general, siendo
los únicos de los 40 proyectos aprobados, abandonados por sus propios oferentes, no
existiendo en este momento ningún proyecto mexicano aprobado en el seno del PIDC,
pese a que México es el único país latinoamericano que integra el Buró ejecutivo del
Consejo.


En esta cuarta instancia del PIDC serán sometidos a su aprobación decenas de
nuevos proyectos entre los que destaca una ambiciosa iniciativa de la Federación
Latinoamericana de Periodistas (FELAP) tendiente a incorporar masivamente a 105
mil periodistas latinoamericanos a las luchas por un nuevo orden de la comunicación
mediante una tarea de preparación, animación y concientización que continuará más
allá del proyecto mediante la creación de estructuras de seguimiento.
Como novedad que seguramente incidirá en el resultado final de la reunión de
Tashkent, se encuentra la sorpresiva sustitución de Francia por EU en el Buró de dirección, a expresa solicitud —lo cual llama más la atención— del propio gobierno
socialista de Mitterrand.

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