En plena “apertura democrática” uruguaya los generales de ese país acaban de decidir en
forma unánime -doce votos sobre doce posibles- en macabra broma dirigida a la opinión
pública interna y externa, que el nuevo comandante en jefe del ejército será, a partir del 10
de febrero de 1982, el general Boscán Hontou. ¿Quién es el nuevo hombre fuerte de ese
país ocupado que tendrá en sus manos la máxima capacidad de fuego, superior obviamente
a sus colegas de la marina y la aviación y quien deberá defender la realización de las
primeras elecciones generales en 1984 después de 14 años ininterrumpidos de gobiernos
de facto?
El 28 de abril de 1978 escribimos en la prensa mexicana: “El general Boscán Hontou, jefe
del regimiento de Colonia prometió doblegar al legendario Raúl Sendic. No conocía la fibra
de la raza campesina que le dio vida al dirigente popular. Durante meses confinado al fondo
de un aljibe, asesta desde las profundidades nuevos golpes morales a sus carceleros
uniformados. El torturador Hontou terminó humillado por el líder popular que aún quebrado
físicamente demostraba con su temple la cobardía moral de su verdugo. Fue la lucha de un
gigante humano contra un pigmeo que traicionó su condición de hombre, militar y
ciudadano. Duró varios meses. Culminó con el traslado del “carnicero de Colonia”. Sendic
fue hospitalizado hecho su cuerpo jirones, pero el gran derrotado no fue él sino el régimen
sin entrañas que ha sido capaz de parir a los Hontou y sus cómplices.
Administrador de Pinochet, Hontou encabezó en septiembre de 1980 la delegación
uruguaya que homenajeó al tirano chileno. Una semana después fue el artífice del famoso
chantaje pre-plebiscitario acuñado en el “si no nos votan nos quedamos, si nos votan quizás
nos vamos”, al afirmar el 23 de setiembre de ese año, en prensa y televisión que “si el
plebiscito nos es desfavorable, puedo asegurar que no habrá elecciones ni funcionamiento
de los partidos políticos”. Después vinieron sus conocidas disputas con el general Rapella
sobre las delictuosas comiciones que pretendían cobrar a los Frigoríficos del Interior y las
acusaciones que recibió de algunos de sus colegas, quienes lo tildaron de inmoral por las
“fiestas que organizaba en el casino de oficiales de San José”.
He aquí en pocos trazos el “retrato hablado” de quien deberá garantizar la descompresión
de una sociedad reprimida como pocas.
El lacónico parte oficial dice que fue elegido respetando el orden de derechas, que en
lenguaje castrense significa el más antiguo, aunque en este caso coincida además con el
lenguaje civil.
Algunos analistas han arriesgado púdicamente un comentario: “peor que el anterior no
puede ser”. Para evitar malos entendidos queremos repetir que de esta gran bacanal
autocrática impuesta por los militares es recomendable no creer en la ingenua división entre
buenos y malos.
Pensamos que el hecho autoritario ha producido sólo malos y peores. Y en esta división
surgida del envilecimiento sin precedentes de las Fuerzas Armadas no sabemos dónde
ubicar al nuevo comandante en jefe, Boscán Hontou, o a su antecesor, el general Luis V.
Queirolo.
De Queirolo sólo podemos decir en discurso de despedida, que la memoria colectiva del
pueblo uruguayo cuando reescriba la historia de esta década desgarrada, lo recordará por
lo que dijo a Radio Montecarlo cuando asumió y lo que hizo inmediatamente después. A esa
radioemisora le declaró sin rubor: “Nos estaban robando el país y las Fuerzas Armadas
quisimos hacer un esfuerzo para que no se nos robara el país”. Pocos meses después el
reportero del “The New York Times”, Edward Schumacher, reveló con lujo de detalles las
acusaciones de peculado y defraudación que el propio ministro del interior de la dictadura,
general Nuñez, formulara contra Queirolo ante un tribunal de honor militar, el 27 de marzo
de 1981 a las 5 de la mañana, horas antes de ser destituido como ministro, por el delito de
corrupción. Meses después, Queirolo se vio envuelto en fraudes a la importación de autos
japoneses y en el cohecho que culminó con el “regalo” que le hiciera la empresa
constructora Safema, prácticamente en quiebra, de un lujoso apartamento en la playa de
Pocitos.
El drama de la honorabilidad de las fuerzas armadas uruguayas ha llegado a límites
insospechados. Su gran discurso de legitimación ante el golpe de Estado giró en torno a la
moralidad y a su lucha contra la corrupción. Incluso el denominado “espíritu de febrero”
contenido en los simulatorios comunicados cuatro y siete que en aquel 1974 dividieron a las
fuerzas democráticas del país, hizo eje en la lucha contra la deshonestidad de los “viejos
politiqueros”.
Fue tomar por asalto las instituciones republicanas y en nueve años construir con escasas y
honrosas excepciones, desde el soldado raso hasta el más almidonado general, brigadier o
almirante, el más voluminoso expediente de delitos comunes y violaciones al código penal
de que tenga memoria el país. Expediente que se ha ido forjando mediante tráfico de
influencias, desfalcos contra el erario público, contrabandos en gran escala apropiación de
herencias mediante violencia, peculados fraudulentos, asociación ilícita en el área de la
pesca, los frigoríficos, el agro, la fabricación de tractores y automotores, sin olvidar,
obviamente, el narcotráfico y la trata de blancas, negociando incluso con monumentos
nacionales como el escándalo del “Mausoleo al héroe nacional, Artigas”, el hurto de
materiales de construcción y en todos los casos, buscando complicidad delictiva que enloda
a todas las armas, el derecho de botín al entrar a saco en las viviendas de sus prisioneros y
sus familiares, robando todo lo que han encontrado a su paso, desde un simple cenicero
hasta muebles de valor, dejando a la altura de un pigmeo a los viejos politiqueros cuya
deshonestidad pretendieron erradicar.