El X Congreso de la Organización Demócrata Cristiana de América (ODCA),
que acaba de culminar en Caracas, parece confirmar que la década de los 80
deterioró seriamente la política de hegemonía que esta internacional intenta
desde hace décadas consolidar vanamente en nuestras pauperizadas
comarcas. Contrariamente a lo sucedido en la década pasada, hoy el
panorama es radicalmente distinto. En Venezuela ya nadie apuesta un centavo
por el futuro democristiano y la encuesta Gaither no duda en afirmar que “el,
porcentaje de insatisfacción actual es el más alto que se haya registrado en 14
años de encuestas del país”, mientras las fábricas de chistes populares
proclaman sin piedad que “la socialdemocracia gana las próximas elecciones
de 1983 hasta con Herrara Campins de candidato, y que lo único que éste hizo
bien fue el funeral de Betancourt, y eso porque la socialdemocracia puso el
muerto”.
Una situación similar vive Carazo Odio en Costa Rica, con fuerte apoyo
democristiano, donde la actual administración admite urbit et orbe su
imposibilidad de retener el poder. En Ecuador, el trágico golpe de suerte que
llevó al democristiano Hurtado al gobierno no ha logrado mayores réditos para
esta tendencia. La oposición se ha endurecido y al decir del vicealmirante Raúl
Sorroza son muchos los civiles que “están tocando las puertas de los
cuarteles”.
En Nicaragua el prestigio conseguido por la democracia cristiana en su lucha
civil contra el somocismo es dilapidado, día a día, por su terca oposición al
proceso revolucionario. Las poderosas estructuras partidarias que detentaban
en Chile se desmoronan rápidamente ante la falta de alternativas políticas
frente al pinochetismo, corno se reconoció en el Congreso de ODCA. Y para
colmo de males el Pacto Andino que pretendieron liderar afronta la mayor crisis
desde su nacimiento.
En el centro del poder democristiano, Alemania Federal, perdieron los
comicios, mientras su tradicional adversario histórico se imponía en Francia y
también en Grecia, aunque este último caso no esté inscrito formalmente en la
Internacional.
El principio del fin de la democracia cristiana latinoamericana, que anudó en la
década pasada sólidos lazos populares, alcanzando su clímax en la primera
alianza electoral marxista-democristiana en el continente con la incorporación
de la democracia cristiana, en 1971, al Frente Amplio de Uruguay, está signado
por el irracional y costoso apoyo al régimen genocida de El Salvador.
El gigantesco desprestigio que tal solidaridad delictiva ha ocasionado en la
internacional democristiana se vio reflejado en el X Congreso de la ODCA. Al
encuentro no asistieron los principales dirigentes de la democracia cristiana
latinoamericana, ni el presidente de la ODCA, José Napoleón Duarte, ni los ex
presidentes Rafael Caldera y Eduardo Frei Montalva. En el caso, ya perdido de
opinión pública, de Napoleón Duarte, su ausencia fue impuesta por todos los
asesores y organizadores que debieron señalarle la irritabilidad que su
presencia provocaría no sólo en la opinión internacional sino en las propias
bases democristianas. De haberse animado a asistir, los sectores populares
venezolanos le tenían reservada una “espectacular” recepción. En el Congreso
se enfrentaron dos tendencias: la de los “ausentes” que defendieron, con cierto
rubor, las políticas “autoliquidacionistas” de la actual conducción, y los
“autocríticos” liderados por las democracias cristianas del Cono Sur que
sugirieron inmediatos, aunque limitados, cambios de rumbo.
El resultado constituyó un empate coyuntural que tiñó de ambigüedad las
resoluciones finales y no permite el análisis acabado sobre lo que realmente
está sucediendo en el seno de esta otrora poderosa fuerza continental. Los
“autocríticos” se apuntaron una victoria más nominal que real al condenar a las
dictaduras de Argentina, Chile, Paraguay y Uruguay. Mientras que los
“ausentes” pudieron con habilidad imponer una resolución que prácticamente
estaba redactada desde el inicio de las deliberaciones: el apoyo al gobierno
genocida de El Salvador, al que felicitaron por “haber realizado las reformas
agraria y bancaria más avanzadas del continente”. En contrapartida debieron
permitir una recomendación a Estados Unidos para que “no se convierta en
gendarme del orden injusto que no resiste los reclamos de la justicia”.
Las posiciones rebeldes se centraron en la incapacidad de la democracia
cristiana en ofrecer respuestas, a los problemas que se manifiestan en todo el
continente. “Mientras todas las estructuras sociales y políticas de la región se
conmueven y sufren mutaciones de entidad, nosotros -afirmaron- somos
incapaces de construir alternativas democráticas para los pueblos y
observamos casi incrédulos cómo se desmoronan todas nuestras estructuras”.
El Congreso designó como presidente de la ODCA al panameño Ricardo Arias
y los trascendidos pronostican que presentarán el año próximo en San Pablo,
en el Congreso de la Unión Mundial Demócrata Cristiana, la candidatura del
chileno Eduardo Frei como presidente del máximo organismo internacional. De
todos modos, el Congreso culminó sin redefinir sus propuestas de fondo y sin
aprobar giros tácticos sustanciales. Los hechos probarán que la impresionante
ofensiva política e ideológica de la socialdemocracia en América Latina, que
cuenta con el privilegiado apoyo de hombres del nivel de Mitterrand, Felipe.
González, Kreisky, Palme, Brandt y Soares, no podrá ser contenida con la
actual política democristiana.
Mientras los socialdemócratas se han convencido en serio que la concepción
kissingeriana de “mundo restaurado” es contraria a una paz con justicia social,
única forma de hacerla perdurar, y que por lo tanto Estados Unidos no
representa garantía política para Europa, la internacional democristiana
estrecha sus lazos con el imperio, paga el precio del apoyo a El Salvador y
retrocede en todos los frentes en insólita “caída libre” sin indicios de
recuperación alguna.