El preso número 83 que muere en la cárcel

En los últimos días la sociedad uruguaya fue desgarrada por una nueva perversidad del
bunker dictatorial en el poder, hoy disfrazado de blanca paloma liberal mediante los afeites
de una publicitada cosmética seudoaperturista, que infortunadamente tiende a penetrar en
ciertos sectores de la oposición. El diputado Gerardo Cuesta, destacado dirigente del
comunismo uruguayo y de los sindicatos obreros de ese país, acaba de morir en prisión,
como secuela de las infamantes torturas a que se vio sometido durante su detención.
De esta manera la dictadura se cobra una nueva víctima en el marco de un proyecto de
sistemática destrucción de las fuerzas que integran la oposición real a la autocracia. Cuesta
pasa a ser el octogésimo tercer prisionero político que muere en establecimientos militares
o poco tiempo después de haber sido liberado. En los últimos ocho años, 83 prisioneros
políticos fueron ejecutados y obligados a quitarse la vida, en las cárceles uruguayas. Un
promedio macabro, que alcanza la decena de vidas humanas indefensas tronchadas cada
año, superando la saña británica contra los prisioneros indoblegables de la cárcel irlandesa
de Maze.
Después del plebiscito, el torneo siniestro de la tiranía adquirió ribetes más dramáticos aún:
nueve prisioneros murieron de diciembre a agosto, a razón de uno por mes. Fue la
respuesta necrofílica al insoportable sentido de la lealtad a las mejores reservas históricas
de la nación, expresadas por el pueblo uruguayo en el plebiscito del 30 de noviembre
último.
La técnica del asesinato de militantes populares detenidos con proceso, convierte a la
dictadura uruguaya en una de las pocas que ha optado por el ejercicio criminal abierto de la
soberanía estatal, descartando el método del “paralelismo global” utilizado en Argentina
para asesinar a los dirigentes opositores. La dictadura argentina no da la cara; la uruguaya
sí. Como vociferaban en el penal de Libertad los oficiales Romanelli, Grosso y Núñez,
subnormales responsables de producir las mayores excrecencias humanas en ese campo
de concentración, y más recientemente el mayor Fausto González y el teniente coronel
Mauro Mauriño, encargados de aterrorizar a los detenidos, cuando les gritaban en estado
semidemencial: “Denúnciennos; somos fascistas; no tenemos miedo a las denuncias…”.
La misma técnica que en la Alemania nazi: el asesinato legal con fundamenteo teórico
incluido. La situación en el penal de Libertad se agrava cada día, con apertura o sin ella:
sobre un registro de 200 prisioneros políticos actualmente enfermos, un 25 por ciento
presenta trastornos psíquicos y un 50 por ciento exhibe enfermedades psicosomáticas
diversas mientras el restante 25 por ciento sufre las secuelas de las torturas recibidas. El
propio coronel Jorge Olsina, ex Comandante de ese penal militar, declaró sin rubor a la
revista Stern que distribuían un promedio diario de 482 tabletas de Valium y que tenían
actualmente 300 casos depresivos, más 258 casos de angustia y psicosis y por lo menos
dos prisioneros completamente trastornados. Estas son las cifras que se animan a confesar.
La realidad supera todo lo imaginable. Gerardo Cuesta es la primer víctima formal del
teniente general Gregorio Alvarez y su apertura. Fue un dirigente ejemplar, tallado en la

vieja madera bolchevique de la paciencia y el heroísmo. La orden que recibió fue quedarse
en el país aún a costa de su vida. Eludió a sus perseguidores durante cinco meses,
dirigiendo la resistencia de su partido, diezmado por la dictadura a partir de octubre de

  1. Finalmente, en febrero de 1976, cayó en manos de los sicarios.
    En los potros del tormento exhibió su pasta de hombre comprometido con las
    transformaciones sociales de su patria. De su boca – así se comenta en las cárceles – no
    salió un solo dato, más que el desprecio a sus verdugos. Finalmente, la lealtad a su pueblo
    le costó la vida. Los comunistas uruguayos y todos los que no nos encontramos entre sus
    filas pero sí en la trinchera antidictatorial, bien orgullosos nos sentimos hoy por la pasta
    humana de que están hechos nuestros mejores hombres, como Gerardo Cuesta, cuyo
    sacrificio, seguros estamos, no será en vano. Gerardo Cuesta pasa a convertirse en la
    primera víctima del general Alvarez y su fingida apertura. En la primera víctima formal,
    porque de las otras, de ninguna de ellas puede ser eximido el fogoso oficial golpista de
    caballería, famoso por su desprecio y su crueldad frente a los prisioneros de la dignidad,
    como frente a su superior jerárquico, el general Líber Seregni, a quien intentó humillar de
    todas las maneras sin poder conseguirlo.
    La gran bacanal iniciada en 1973 parece no tener fin, con apertura o sin ella. El régimen
    continúa constituyendo “una hegemonía acorazada de represión” sin poder y sin querer
    emanciparse del lecho autoritario sobre el que siempre se asentó. Y por el momento el
    cosmetizado general Alvarez no parece querer ser el nuevo Prometeo de la democracia
    uruguaya.
    Algunos sectores de la oposición insisten en el diálogo con el tirano y sus cómplices
    mientras otros afirman la existencia de la apertura real. Más allá de las palabras y las falsas
    declaraciones, la respuesta de la dictadura se asienta en porfiados hechos: clausura por un
    mes del órgano del Partido Nacional, interdicción de todo tipo de amnistía, y virtual
    asesinato de un parlamentario elegido libremente por su pueblo. ¿Cómo entonces hablar de
    apertura real? Esta sólo conquistada cuando la sociedad civil arranque al poder militar las
    llaves maestras del proceso decisorio, que nunca entregarán por las buenas, si no se los
    fuerza a ello. Por el momento sólo vemos en el horizonte político un serio intento de
    consolidar aún más la contradicción principal de la coyuntura: militares y burguesía
    monopólica financiera contra la sociedad civil indefensa.
    Del pueblo y sus organizaciones depende revertir el proceso. Sin sumergirse en amnesias
    colectivas para que los Gerardo Cuesta no hayan muerto en vano.
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