En el marco del brusco viraje político protagonizado por Reagan y su “fascismo
benévolo”, la doctora en belicismo Jeane Kirkpatrick acaba de culminar una sorpresiva
gira política e ideológica que abarcó seis países de América del Sur. En una notable
ofensiva diplomática, Reagan envió a su representante a Venezuela, Brasil, Uruguay,
Argentina, Chile y finalmente Ecuador, con la intención de mejorar las relaciones con
las dictaduras del Cono Sur y establecer, en el caso de Ecuador y Venezuela, una
alianza táctica y flexible para su conflictuada política. En los seis países visitados, la
señora Kirkpatrick trató de obtener respaldo para su agresiva estrategia anticubana y
para la formulación de un nuevo diseño de acción conjunta para enfrentar a los
movimientos guerrilleros centroamericanos. Sin embargo, los límites de sus
primigenias intenciones fueron desbordados: también intentó la participación de los
ejércitos de Uruguay y Argentina en apoyo a los acuerdos de Camp David,
“sugiriéndoles” el envío de tropas al Sinaí.
En el caso de Venezuela, a Estados Unidos le interesa el rol que la democracia
cristiana en el poder asume hacia sus desprestigiados colegas salvadoreños. Herrera
Campins apoya a la junta salvadoreña y a Reagan le interesa incrementar ese apoyo
y buscar nuevos canales que faciliten una acción más afectiva contra la formidable
guerrilla de ese país. En ese aspecto Venezuela es un buen aliado para la política
intervencionista norteamericana y Reagan necesita consolidar todas sus amistades
para que su acción no aparezca como un acto aislado.
Igual propósito lo guía en el Ecuador: luego del accidente que costara la vida a
Roldós, la democracia cristiana ha paralizado la política exterior progresista del
desaparecido presidente, manteniéndose a la expectativa.
En cuanto a Chile, Argentina y Uruguay, la embajadora ha tratado de enmendar la
política de Carter y mejorar así las relaciones congeladas que mantuvo la
administración demócrata. En Santiago de Chile declaró que Estados Unidos “tiene un
profundo interés por el modelo de gobierno cívico-militar chileno y por el éxito
económico del sistema social de mercado” aplicado en ese país. En este caso, la
visita de la enviada de Reagan contó con el apoyo del nuevo embajador de EU en la
OEA, John Middendorf, conocido por sus posiciones de “halcón” y feroz
anticomunista, quien coincidió en su visita a Pinochet. El resultado de las entrevistas
no se hizo esperar: el vicecanciller de Chile, Coronel Fernando Arancibia, ofreció
asistencia militar al régimen de Honduras para “mantener la seguridad”. Esta
asistencia consistiría en un “número ilimitado” de becas para entrenamiento militar. Y
si bien oficialmente nada se ha dicho, la CGT de Tegucigalpa acaba de afirmar que
Chile y Argentina están asesorando a grupos paramilitares de Honduras, hecho que
confirma la participación de ambos países en la represión centroamericana.
En Uruguay, la profesora Kirkpatrick ofreció una conferencia nada menos que en la
Escuela de Seguridad y Defensa Nacional, organismo centralizador de la represión, y
logró fácilmente embarcar al nuevo presidente Gregorio Alvarez en el envío de una
fuerza especial al Sinaí.
Tanto en Uruguay, como en Chile y Argentina, los derechos humanos, problema que
había ocasionado el enfriamiento de relaciones con EEUU, no fue mencionado, a
pesar de la existencia de millones de presos políticos y de la prosecución con total
impunidad de las desapariciones y torturas.
Tal como lo ha definido el vocero de prensa del Departamento de Estado, Josep
Marek, el viaje de la señora Kirkpatrick y el del señor Middendorf corresponden a una
política de “familiarización” y de “reencuentro” con aquellos gobiernos que se han
caracterizado por su acción represiva y violenta contra las organizaciones
democráticas y populares en el continente.
Se trata de “conservar la paz” en el hemisferio, eufemismo que oculta que esa paz
estará basada en la mutilación de la democracia. Y también se trata de disminuir la
participación soviética en el campo económico latinoamericano, fenómeno que
preocupa seriamente al gobierno de Reagan, particularmente en el caso de Argentina.
El problema que se le presenta a la administración republicana es que en estos
momentos EEUU no puede garantizar un apoyo económico que pueda suplir los
ingresos que recibe Argentina por sus ventas de trigo a la Unión Soviética y por la
ayuda que ésta le presta en la construcción de represas hidroeléctricas. Y si bien el
objetivo a largo plazo es la culminación de tal estrecha relación, por ahora Reagan se
conformaría con el envío de tropas al Medio Oriente, con la ayuda -que ya se cumple-,
a las dictaduras centroamericanas y con el boicoteo y nuevo bloqueo a Cuba.
A partir de estos entendimientos, las relaciones entre la Casa Blanca y los países del
sur del continente habrán mejorado lo suficiente como para alcanzar mayores
acuerdos en el futuro.
Hasta el momento es posible afirmar que el viaje de la Embajadora Kirkpatrick ha
resultado positivo para el imperio y todo indica que los lazos entre EEUU y América
del Sur continuarán incrementándose, a pesar del último informe de Amnistía
Internacional en el que asegura que los derechos humanos han empeorado
notablemente, en los últimos meses, en Argentina, Chile y Uruguay.