¿Conflictos fronterizos o cortinas de humo?

En un reciente artículo de Le Monde Diplomatique, el especialista norteamericano
Michael T. Klare cita la declaración de dos expertos de contrainsurgencia publicados
en “Naval Institute Proceedings”. Merece transcripción: “En el curso de los próximos
20 años, las revoluciones, guerras civiles, conflictos étnicos, escaramuzas
fronterizas y guerras libradas por procuración, estarán a la orden del día”. Solo las
fuerzas especiales de los Estados Unidos, añade, ofrecen “el medio de resolver
tales conflictos con mucha precaución y en un límite que, de ser franqueado,
desencadenaría una guerra nuclear”.
La afirmación es particularmente grave. Por una parte se menciona el riesgo de un
conflicto nuclear que podría tener su origen, no ya en un enfrentamiento
hegemónico directo entre los dos super grandes en una zona determinada del
planeta, sino también en simples “escaramuzas fronterizas”. Por otra parte, se
presupone que son las fuerzas especiales de los Estados Unidos las llamadas a
intervenir para resolver semejantes conflictos.
En lo que a América Latina se refiere, resulta evidente que la balcanización de la
región favorece los designios de la Casa Blanca que parece no haber olvidado el
viejo adagio: Dividir para gobernar. En ese aspecto, Washington no permanece
cruzado de brazos aguardando pasivamente que surjan diferencias entre países
limítrofes. Trata, por el contrario, de azuzar los desacuerdos con el fin de facilitar, en
el terreno, su política intervencionista.
El eterno sueño unitario de Bolívar sigue subyacente, más vivo que nunca, en el
fondo del espiritu nacionalista de los pueblos latinoamercanos, pero todo impulso de
coordinacion puede facilmente traducirse en una confluencia de fuerzas que
contrarie la esperanza imperial de mantener un diálogo bilateral, viciado por la
enorme desproporción de fuerzas, con los gobiernos de cada una de las repúblicas
en que esta dividido el continente.
Los frutos imperiales
En el caso peruano-ecuatoriano, sin entrar a analizar cuál de las partes tiene razón
en sus reclamaciones territoriales, es evidente que existen intereses internacionales
que verían de buen grado este tipo de situaciones que sacuden a dos o más
repúblicas sudamericanas, haciéndolos aparecer, a menudo, como meras
intemperancias de los gobiernos. Esto, por ejemplo, debilitaría seriamente el Pacto
Andino, una coalición integradora que para los intereses multinacionales de las
grandes corporaciones de banqueros e industriales, amenazaba con convertirse en
un cuestionador peligroso. Recordemos la intervención del Pacto en el caso de
Nicaragua o en el del Canal de Panamá. No es casual que el gobierno militar de
Bolivia prácticamente iniciara su gestión cuestionando el Pacto Andino y

amenazando con retirarse, siguiendo en ello la línea de conducta oportunamente
establecida por el gobierno chileno del general Pinochet.
Toda escaramuza fronteriza, hábilmente explotada por el aparato informativo del
Estado o controlado por él, moviliza las fuerzas armadas y las rodea de un
“consenso” popular favorable. A medida que se militarizan las sociedades, el sector
castrense adquiere mayor influencia política, aún en aquellas naciones, como Perú,
Ecuador, Venezuela y Guyana, por ejemplo, actualmente gobernadas por
regímenes civiles.
Provocar o favorecer este tipo de conflictos, claro está, fortalece ejércitos que ya
ejercen el poder o que podrían ejercerlo más adelante. El imperio recoge, ahí, frutos
inmediatos, tales como la multiplicación de sus ventas de armamentos y la
aplicación de programas sociales y económicos dictados por organismos
internacionales tales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial,
cuyos drásticos modelos no hacen más que desarticular los tejidos económicos y
sociales de cada “nación cobayo” con real y exclusivo beneficio para el capital
transnacional.
En el ejemplo peruano, nada tiene de extraño que el primer ministro Ulloa, en la
ceremonia del reconocimiento del nuevo Comandante en Jefe del Ejército, general
Elespuru, que reemplaza al “incómodo” general Hoyos, muerto en un extraño
accidente aéreo, señala las excelentes relaciones entre el régimen y el Ejército y, al
mismo tiempo, anuncia que ya está listo el proyecto peruano para el tratamiento del
capital extranjero que abrirá de par en par las puertas del país a las inversiones
foráneas, sometiendo el arbitraje de los conflictos a la decisión excluyente del Banco
Mundial.
Una docena de conflictos
Frecuentemente, las agencias internacionales de noticias se ocupan de los múltiples
conflictos involucrados. Estas informaciones, obviamente, se multiplican en el
momento en que Ronald Reagan solicita la aprobación del Congreso para prestar,
durante el año fiscal 1982, una “ayuda militar” de cerca de 100 millones de dólares
(60% de incremento con respecto al presupuesto de la administración anterior) a
sus aliados latinoamericanos.
Una simple enumeración puede dar una idea aproximada de la extensión del
problema: 1) En Washington, el Senado, presionado por los grandes trust
petroleros, se niega a ratificar el Tratado de 1978 sobre delimitación de las aguas
del Golfo de México; 2) Bogotá y Caracas arrastran un diferendo acerca de otro
golfo: el de Venezuela; 3) Las tensiones entre Nicaragua y Honduras por presuntas
violaciones territoriales se han agudizado últimamente con riesgo de una
regionalización del conflicto que puede acarrear consecuencias imprevisibles en el
conjunto de la región, sin olvidar la propuesta de Argentina de ayuda para combatir
las presuntas “fuerzas subversivas” en el área centroamericana ni la tentación de
Estados Unidos de recuperar su idea fija de una “fuerza interamericana de paz”; 4)
La agravación de la disputa chileno-argentina por la posesión de tres islotes en el

estrecho de Beagle, tiene una relación directa con la situación política interna en
ambos países (está claro que el estado de preguerra se traduce, invariablemente,
en un resfuerzo del aparato militar y de seguridad); 5) Perú enfrentó recientemente a
Ecuador en una guerra abierta por la posesión de ciertos territorios amazónicos; 6)
Por idénticos motivos Perú y Brasil se hallan frente a frente; 7) Venezuela y
Guayana se aprestan a dirimir un problema semejante que alcanzará su punto
crítico el año próximo; 8) Bolivia no ceja en su reclamación de la salida al mar que
perdió en la Guerra del Pacífico; 9) El uso de las aguas del Paraná, dio lugar a una
áspera disputa entre Brasil y Argentina; 10) Esta última, querella con Chile respecto
a la soberanía en la Antártida y con Gran Bretaña a quien reclama la devolución de
las Malvinas (islas Falkland); 11) Nicaragua y Colombia proclaman al mismo tiempo,
sus derechos sobre las islas de San Andrés y Providencia; 12) Guatemala
amenazaba, hasta hace poco, con invadir Belice apenas los ingleses le concedan su
independencia.
Encubrir las propias debilidades
No hay que olvidar, por último – “last but not least” – que las tensiones fronterizas
sirven, a menudo, de cortina de humo con las que se pretende enmascarar las
propias debilidades internas. En el caso argentino-chileno, es obvio que la
agudización de la disputa tiene algunas relaciones directas con las situaciones
políticas internas de ambos países. Una situación de preguerra siempre posterga la
consideración de los problemas internos. Pero, además, en la medida en que ambos
gobiernos no han surgido de una libre consulta ciudadana, que ambos han sido
severamente condenado por la comunidad internacional a raíz de sus permanentes
violaciones a los derechos humanos, y que ambos necesitan reforzar
constantemente su aparato militar y de seguridad, presentan, en sí mismos,
condiciones que impulsan a agudizar el conflicto, en vez de resolverlo por las vías
del diálogo pacifico en los foros correspondientes.
En momentos en que el caos se adueñaba de la situación económica y una ola de
huelgas sacudía el país, Buenos Aires aportaba su tonelada de arena para agravar
el enfrentamiento. El clima de guerra impuesto a la población sirvió a la autocracia
argentina para sofocar el descontento popular. Del otro lado de la cordillera,
Pinochet se formulaba el mismo razonamiento aunque su actitud fue mucho más
cautelosa. Sin duda, al tirano de Santiago no le interesa, por el momento, una
guerra frontal con su vecino, aunque ello no le impide redoblar las compras de
armamento en previsión de un posible desenlace bélico.
Argentina, que ya figuraba entre los 16 países del mundo que en 1976 adquirieron
armas por más de mil millones de dólares, incrementó sus compras de material de
guerra hasta alcanzar, en 1979, aproximadamente 8 mil millones de dólares, cifra
doblemente trágica si se tiene en cuenta la crisis que soporta su economía, que en
los últimos días llevó a su moneda a un grado de debilidad tal que actualmente son
necesarios seiscientos mil pesos “viejos” para poder adquirir un dólar
norteamericano.

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