Hoy cumple 90 años de vida el diario El País, nuestro colega de profesión, que tras
derrotar comercialmente en la batalla de los clasificados al decano de hace 15 años,
el emblemático diario El Día, se quedó con sus despojos y ocupó su lugar de
veteranía.
Que un diario en Uruguay alcance los 90 años de vida, es un hito cultural que no
puede pasar desapercibido.
Y si a su perennidad casi centenaria se le suma que sus líderes fundacionales,
afiliados al conservadorismo aristocrático uruguayo, desecharon con vigor las
consignas del autoritarismo y levantaron las banderas de la libertad y de los
principios en ese fermental año de 1918, en pleno período de las grandes
revoluciones mexicana de 1910 y soviética de 1917, la tentación del homenaje es de
difícil rechazo.
Más allá de mis profundas diferencias con el añejo colega, cuánto me gustaría
felicitarlo por su impronta fundacional, por sus 90 años de vida que nos estimulan a
llegar a alcanzarlos y que nos permiten desmentir a los que pronostican el fin de la
prensa escrita, de la escritura y de la lectura, necesidad biológica del ser humano,
que creo nunca desaparecerá de la vida terrestre.
Pero no puedo felicitarlo.
Sería como felicitar a Benito Amilcare Mussolini por sus primeros años de energía
socialista a favor de la igualdad y la fraternidad, desconociendo su traición a la
izquierda italiana y su transformación en Il Duce de los camisas negras que
supliciaron a su pueblo y a los pueblos que sometió en su delirio cesarista.
Esta es la triste historia del diario El País. Orgullo de la prensa partidaria en las
décadas de los 20, los 30, los 40, hasta comienzos de la década de los 50, cuando se
enfrenta a la revolución boliviana de Paz Estensoro en 1952, cuando apoya el golpe
militar derechista contra el presidente constitucional argentino Juan Domingo Perón,
en 1955, y cuando en 1959 enfila todas sus baterías contra la pujante revolución
cubana de Fidel Castro, el Che Guevara y sus barbudos que se nutrían del sueño del
hombre nuevo.
A partir de la década de los 50, el diario El País reniega de su legado fundacional
conservador libertario y pasa a apoyar las peores causas contra las libertades
públicas y el avasallamiento de los derechos humanos.
Se transforma en un diario vocero de la represión allí donde ésta se encuentre.
Al día de hoy, se comenta jocosamente la anécdota de uno de sus directores,
Eduardo Rodríguez Larreta, conocido en círculos políticos de alcurnia como “Tío
Eddy”, cuando en aquellas épocas sesentistas, fue a golpear los portones de la
universidad, creyendo que ya había sido ocupada por las bandas de ultraderecha que
su diario apoyaba y se encontró con que éstos ya habían sido desalojados por la
izquierda estudiantil que perpleja le explicaba la magnitud de su papelón.
En la década de los 60 fue el sostén blanco de la dictadura constitucional de Pacheco
Areco. Aplaudió cada una de las 52 clausuras de los diarios que dirigí en aquella
época y fue el más servil de los serviles del autoritarismo, sin ser siquiera colorado
como el Presidente que se dedicó a boxear con el país entero.
Y a la traición contra sus principios fundacionales le agregó abundantes dosis de
racismo sin pudor alguno. El 13 de febrero de 1961 afirma en su editorial el diario
El País sobre el Primer Ministro del Congo, el mártir africano Patricio Lumumba,
asesinado días después: “Es un negro que va dando demasiado trabajo. Es la
personificación en la prensa de un sinnúmero de negros turbulentos, desorbitados,
criminales si es necesario, contradictorios, que dan un deplorable espectáculo de la
incapacidad para gobernar. La verdad es que ya no sabemos si existe o lo inventaron
para hacer creer que los negros tienen hombres capaces de gobernarlos”.
Pero toda la ignominia de los 50 y los 60 no fue nada comparado con la traición de
los 70 y los 80, cuando se convirtió en el intelectual orgánico de la dictadura más
inhumana y perversa que conoció la historia nacional.
No podemos olvidarnos de la complicidad criminal del diario El País con la
dictadura que se apoderó del Estado y la sociedad y ejecutó a la flor y nata de la
ciudadanía uruguaya.
Dijo en su editorial principal el diario El País el 21 de julio de 1974 en su página 10:
“El concepto de seguridad y de visión de lo ocurrido entre nosotros a lo largo de
muchos años es lo que justifica, jurídica e históricamente, la participación que hoy
tienen las Fuerzas Armadas en la vida nacional y sus nobles y elevados objetivos”.
No lo dijo un columnista, fue el editorial central del diario de ese día.
Y el 11 de junio de 1976 se burla del régimen constitucional y afirma en su editorial
central: “No compartimos la tendencia a sobreestimar las virtudes de la estricta
institucionalidad democrático republicana”.
Días después, el 24 de junio de 1976 agrega en su página editorial: “¿Cómo explicar
a nuestros jóvenes el proceso que vivimos, la suspensión de algunos principios
constitucionales y la decisión de construir una democracia superior a la que fue
abatida por la sedición? ¿Cómo convencerlos que las Fuerzas Armadas no salieron a
la calle para dar su cuartelazo sino como último recurso, reclamado por la
ciudadanía sana del país para salvar la esencia misma de nuestro sistema?”.
Y el 21 de agosto de 1979, afirman editorialmente: “…abandonaron los cuarteles, no
impulsados por bastardas ambiciones de poder, sino cediendo al imperativo de librar
a la Nación de la inminente amenaza del caos y de la ruina”.
Y ante los intentos, en la Argentina del dictador Videla, de que cesara el genocidio y
se restituyera la democracia, el diario El País se opone editorialmente el 27 de
agosto de 1976: “Se explica y justifica que el gobierno del general Videla no haya
establecido fecha ni plazo para dar por terminada su misión. No se puede abandonar
la tarea emprendida sin antes estar absolutamente seguro que los profundos males
que carcomen a la sociedad han sido radicalmente extirpados. De no actuar así se
estaría ante un caso de irresponsabilidad histórica y de pusilanimidad personal. Y
por cierto que en la Argentina aún no se han dado, siquiera remotamente, las
condiciones que permitan esperar un futuro de estabilidad, de orden y de paz. Mal
puede entonces abandonarse el timón de la nave y entregarla a quienes la pueden
llevar a cualquier puerto. La hora para el descanso no ha llegado todavía”.
Y bajo el título “El bumerang de los derechos humanos”, este paladín del genocidio
editorializa el 23 de junio de 1978: “En caso de que prospere en la Asamblea de la
OEA la tendencia a juzgar la pureza, desde el punto de los Derechos Humanos, de
los regímenes que más contribuyeron a la proscripción del totalitarismo marxista en
América, se habrá consumado una de las mayores sinrazones en la historia de la
organización, como instrumento de unidad y de promoción de la democracia en el
Continente”.
Y el 27 de junio de 1978, celebrando los dos años del golpe contra las instituciones,
El País afirma: “De ahí han surgido las versiones de que en el Uruguay soportamos
una de las dictaduras más crueles y repugnantes de América Latina, burda especie a
la que se procura dar patente de verdad en el exterior por medio de datos estadísticos
ridículos sobre uruguayos asesinados, presos, torturados o forzados a abandonar el
territorio nacional”.
E insiste sobre este tema el 2 de marzo de 1977: “Todos los derechos son pasibles de
suspensión o limitaciones legales cuando corren riesgo el orden público y los bienes
preciados de la colectividad”.
Este reducido grupito de perlas de la bellaquería humana no alcanza a revelar los
cientos y cientos de páginas, comentarios, columnas y noticias al servicio de la
tristemente célebre DINARP, dirigida por periodistas renegados que violaron l
a ética de nuestra profesión, llamando en sus comunicados a la delación de quienes
luchaban en la clandestinidad por la recuperación democrática.
Y no sólo era verba escrita a favor de la tiranía. Uno de los directores de El País
incluso integró el Consejo de Estado del régimen de facto, levantando de sus tumbas
a la estirpe que en 1918 fundó este diario blanco, al que convirtieron sin piedad en
un sepulcro blanqueado.
El despotismo pagó los favores con prebendas y créditos multimillonarios que algún
día deberán ser exhibidos en homenaje a la verdad histórica.
Y finalmente el pueblo derrotó a El País y a la dictadura. Y el diario caganchero
acomodó el cuerpo y alegó amnesia o demencia. Pero lo único que debió hacer y no
hizo, era el acto de contrición por los crímenes cometidos, incluso contra su propia
gente nacionalista, como el asesinato de don Héctor Gutiérrez Ruiz.
Desde hace 23 años esperamos ese acto de contrición a la sociedad atormentada.
No lo hicieron las generaciones directrices de El País que contribuyeron todos los
días a embellecer el discurso de los motineros, pero tampoco lo hacen ahora las
nuevas generaciones que hoy dirigen a ese matutino.
Y hasta que no llegue la hora de la contrición no llegará la hora de la expiación y el
perdón.
Por eso no puedo saludar hoy al decano de la prensa uruguaya en sus 90 años de
vida.
Pero no desespero. Si la Iglesia Católica, institución milenaria de mayor masa crítica
cultural que el diario El País, pidió públicamente perdón por los crímenes que
cometió la Inquisición, y no se derrumbó su edificio intelectual ni su poder en el
mundo, nuestro pusilánime decano nada tiene que temer al hincar su rodilla. Sus
ancestros se lo agradecerían, su conciencia renacería. Y vaya paradoja, también me
lo agradecerían. D’ont panic. Remember: Hasta De Gaulle indultó a Petain.