Ayer 27 de octubre de 2002 giró la historia de América Latina. No sabemos aún la magnitud de este giro histórico, superior por la forma pacífica adoptada y por el territorio elegido, a los grandes hitos continentales que significaron la nacionalización del petróleo mexicano (Lázaro Cárdenas), el bogotazo colombiano (Eliezer Gaitán), la revolución de los mineros bolivianos (Siles Suazo), el 17 de octubre argentino (Perón), la gesta nicaragüense (Sandino), la resistencia guatemalteca (Arbenz), la dignidad dominicana (Bosh), el socialismo chileno de la vía pacífica (Allende), el nacionalismo popular venezolano (Chávez), la fundación del Frente Amplio del Uruguay (Seregni) y la revolución cubana, la más influyente y duradera en nuestra América la pobre (Fidel Castro).
En efecto, el triunfo de ayer por la vía no violenta, del primer proletario que asume la titularidad del Poder Ejecutivo latinoamericano, el tornero pernambucano, Luiz Inácio Lula da Silva, se instala en una Nación de 172 millones de seres humanos, con un territorio de 8 millones y medio de kilómetros cuadrados, calificada como la novena economía del planeta con el mayor poder poblacional e industrial de América Latina.
Estamos hablando de la Nación de Josué de Castro, de Paulo Freire de Celso Furtado, glorias del humanismo universal.
Los únicos capitanes del socialismo nacional americano que alcanzaron el poder del Estado, Fidel Castro, Daniel Ortega, Salvador Allende y Lula da Silva, eligieron vías distintas, en momentos distintos y con consecuencias distintas.
Fidel Castro llega con la utopía socialista en la punta de sus fusiles e instaura el comunismo a la cubana con el apoyo de la mayoría de su pueblo. Es aislado internacionalmente y su coraje ético le proporciona una coraza de pueblos múltiples que impide su derrocamiento por el Goliat continental. Sin embargo, su influencia enorme no pudo superar el influjo testimonial de su ejemplo, más allá de los intentos malogrados del imán revolucionario que significó la creación de la OLAS.
El otro ejemplo de socialismo armado, la revolución de los poetas sandinistas, no supo construir el consenso necesario. Renunció a las armas pero no pudo convencer a las urnas. El disenso interno, el hostigamiento del adversario armado y la ausencia de una política de alianzas adecuada a la nueva realidad lo llevó a protagonizar la única experiencia de una revolución socialista que entrega el poder en las urnas.
Salvador Allende pilotea la primera experiencia mundial de una revolución marxista que llega al poder por la vía pacífica, sin una amplia política de alianzas y apoyada casi exclusivamente por la izquierda y el proletariado chileno. La vía pacífica sin una ingeniería de alianzas adecuada y sin la reserva de la vía armada, es demolida a sangre y fuego por la clase dominante andina con el apoyo a cara descubierta del imperio y sus agencias de inteligencia.
Lula da Silva, el héroe sindical de São Bernardo do Campo, el profeta de las huelgas insolentes contra la dictadura de los centuriones, el legendario fundador de la CUT obrera, aprendió las lecciones de la historia, legadas por Fidel Castro y Salvador Allende y eligió otro camino: el poder mediante la vía pacífica, sostenido por la alianza histórica del proletariado y la burguesía nacional que le faltó al mártir chileno, que le sobró al héroe cubano.
Creo, que esta vez sí, Lula porta en sus alforjas, la fórmula precisa para cambiar la historia de nuestro continente.
Porque la ensayará en el país adecuado y en el momento adecuado y con las alianzas adecuadas.
Lula, ese incendio moral que alertó a las conciencias llega al poder en una de las naciones más desiguales del planeta. Siendo la novena economía mundial, sólo poseen sus habitantes un ingreso per cápita de U$S 3.580 anuales siendo superado en esas cifras por 81 países, que obviamente no son la novena economía mundial. Y en desarrollo humano es superado por 72 países. El trabajo está desapareciendo en la sociedad del trabajo. En esa Nación industrial ya su índice de desocupación creció al 18%; es decir millones y millones de brasileños sin trabajo alguno, condenados a la miseria. Las cifras oficiales asustan: hay 53 millones de pobres en Brasil.
El crecimiento de su economía en los últimos 7 años fue del 1.30% anual, es decir menos que el crecimiento poblacional con el resultado de la ampliación de la pobreza. Nacen todos los años dos millones y medio de brasileños sin destino, ni esperanzas.
Su deuda externa ya supera la suma de 5 años del total de sus exportaciones. Con 300 mil millones de dólares es una de las deudas más altas del planeta. Sólo de intereses anuales paga 30 mil millones de dólares equivalentes a más de la mitad del gasto público anual y a la tercera parte de todas las exportaciones de bienes y servicios. En 1979 Brasil debía la cuarta parte de su renta per cápita y al asumir Lula debe el 65% de esa renta.
El tornero de la esperanza pone pie en un escenario con desigualdades propias del medioevo, desigualdades motorizadas por una clase dominante codiciosa que abogó por las políticas a largo plazo mientras se dedicaba a las ganancias a corto plazo.
Y en el corazón de esta desigualdad encuentra a su principal adversario, el fundamentalismo neoliberal, más bien neoconservador porque de liberal no tiene nada. ¿Cómo puede denominarse liberal una filosofía monopolista, que aumenta la pobreza en forma exponencial?
5.500 millones de hombres y mujeres del mundo viven con menos de 2 dólares por mes. Sólo 500 millones de personas superan ese límite.
Hoy, 250 personas entre 6 mil millones de terráqueos poseen casi el 50% de la riqueza del planeta, del PBI planetario. Es decir, 250 personas equivalen a 3 mil millones de personas. O dicho de otra manera, una sola persona es igual a 12 millones de seres humanos. Es como si un solo hombre poseyera los bienes de todos los habitantes de 4 países como Uruguay juntos.
Son los nuevos desheredados, los desheredados de la globalización mal llamada neoliberal.
Los desheredados de la tierra, que describía Fanon, son un poroto al lado de estos nuevos desheredados.
He ahí el gran fracaso del neoliberalismo.
He ahí el gran fracaso de estos darwinistas sociales que sólo creen en la selección natural, en el mundo de los más aptos y los más fuertes.
El fracaso de este fascismo de mercado que transformó la pobreza y la desocupación en una desmesura trágica donde los explotados han perdido hasta su derecho a ser explotados, ya que ni esa posibilidad le han dejado al expropiarles su fuerza laboral.
El fracaso de un modelo que transformó la economía en la ciencia de la escasez para los más y la abundancia para los menos.
El fracaso social de la más formidable operación de demolición que sufriera el planeta mediante la privatización de los Estados-Nación, en el mayor remate que haya visto el mundo, transfiriendo 4 siglos de acumulación estatal a 500 empresas que hoy controlan la mitad del producto bruto mundial.
No fracasó la democracia. Lo que fracasó es el capitalismo. Y como bien reflexiona el sociólogo García Canclini, lo que fracasó es un tipo especial de capitalismo que desplazó a la política en nombre de la economía e incluso ha subordinado la economía a las finanzas y a la inversión especulativa.
En este contexto, el fundador del PT, en andas de una política policlasista no se deja seducir ni por la tercera vía desertora del renegado Anthony Charles Lynton Blair, ni por el ultrismo testimonial que al pretender cambiar todo, cambia nada.
No tengo dudas que Lula, aun sin saberlo, s
e transformará en el profeta de la cuarta vía: la del socialismo policlasista.
La cuarta vía que intentará la transformación productiva con equidad. La que trocará el demopoder en la demodistribución donde haya más igualdad en los beneficios y menor desigualdad en las pérdidas para el pueblo. La que superará el divorcio entre solidaridad y eficiencia, pero nunca olvidará la solidaridad, como la raíz esencial que da frutos al follaje de la eficiencia.
La que construirá la combinación formidable de la energía moral con la visión realista para que la ética de la obstinación deje paso a la ética de la responsabilidad compartida democráticamente.
La que buscará el desarrollo de las personas por sobre el de las cosas. La que pregonará la utopía ética para impedir la comercialización de los seres humanos.
La que se aproximará a la acumulación más difícil de la historia: la acumulación de la inteligencia ética.
La que transformará a los súbditos en ciudadanos.
La que deberá incorporar a las tres banderas de la izquierda histórica –igualdad, libertad y fraternidad–, la bandera de la austeridad. Porque la historia es la hazaña de la inconformidad pero también es la hazaña de la racionalidad. Fromm decía que el revolucionario verdadero es un ser de la razón.
Yo soy de izquierda porque soy kantiano y creo en la razón al servicio de la gente.
Y no nos equivoquemos, Lula es un ser de izquierda hasta los tuétanos.
Profesa el credo de la izquierda que es “el cambio contra el orden inmutable, es el progreso contra la conservación, es la libertad del ciudadano contra la opresión del poder, es el significado laico de la alegría de vivir contra el miedo sagrado de la transgresión, es la razón contra el dogma, es la fraternidad contra el servilismo”.
No es un oportunista ni un renegado. Y quiere transformar Brasil, no administrarlo. Es la clave de la pertenencia a la izquierda. Querer transformar al mundo, no administrarlo. Y Lula, vaya, si lo quiere.
Por ello se granjeó el amor de los indignados y el odio de los indignos.
Los que hoy le exigen a Lula el default y la ruptura con el FMI no tienen en cuenta los objetivos estratégicos de este terremoto político que acaba de ocurrir en Brasil. El default y el FMI no son la clave de las decisiones inteligentes que el nuevo orden tendrá que adoptar. Si bien todos sabemos lo que significa la trampa del FMI –basta con escuchar al Premio Nobel Joseph Stiglitz o a Paul Krugman del MIT de Massachussets– como también sabemos que países inmensos como Rusia, China y Malasia desoyeron al FMI y salieron de sus crisis, no es la solución más justa la que desempantanará a Brasil sino la más astuta e inteligente. El adversario es poderoso y sutil. No se lo derrota sólo con principios. Y en cuanto al default ¿no sería acaso más conveniente en lugar de escandalizar al mundo capitalista con el no pago de una deuda injusta, recomprar la deuda pública con nuevos recursos líquidos obtenidos de organismos internacionales a bajo interés y cancelar deuda cara con deuda barata evitando el aislamiento? No soy economista ni aprendiz de brujo, pero creo en la política y en el arte de lo posible y creo en las utopías realizables, las que llegan a objetivos imposibles mediante tácticas posibles.
No lo asediemos a Lula con visión pigmea y ansiosa.
Hay mucho en juego para nuestra América.
Quizás de esta cuarta vía ideológica y continental pueda surgir un polo regional alternativo a EEUU. Con un Mercosur de centro izquierda que enfrente en enero próximo con dignidad la reunión con el ALCA, nueva herramienta seductora del imperio que ya penetró en el corazón y en los bolsillos de los mexicanos. Un ALCA que más que un acuerdo de libre comercio hoy propone un acuerdo de libre anexión.
Sepamos valorar este terremoto político brasileño con repiques en el Chile de Lagos, en la Venezuela de Chávez, en el Ecuador de Lucio Gutiérrez, en la Argentina de las movilizaciones sociales, en la Cuba de Fidel Castro y en el nuevo Uruguay que se avecina de Tabaré Vázquez.
No perdamos esta oportunidad. Mientras en Europa la mayoría de los 15 países de la Unión son regidos por gobiernos de derecha, en América el viento de la historia ha cambiado y ahora parece soplar en otro sentido, el de la democracia esencial empujada por la rebelión del sentido común que está enfadado y cuya protesta se escapa por el pulmón social que entreabrió el desatino neoliberal, que redujo la política a la economía, los ideales a la ideología y la ética al mero cálculo de probabilidades.
Nuestro Cono Sur, con Brasil, Argentina, Chile y Uruguay a la cabeza, comienza a moverse para ocupar el lugar de un modelo anacrónico en retirada que se limitó a privatizar el Estado.
Nos toca ahora democratizar al Estado y privatizar el capitalismo, aunque el imperio crea que estamos creando un nuevo “eje del mal”.
L’ancien régime aún no ha cesado. Ayudemos a Lula a enterrarlo.
Con inteligencia, racionalidad y mucho de imaginación.
A Lula le falta un dedo de su mano izquierda pero le sobran los dedos de la imaginación. Por eso llegó a donde llegó.
Rescatemos la añeja y fermental consigna del mayo 68.
Aquella de la imaginación al poder.
¿Por qué no?