Lunes 18 de marzo de 2002
Escribe : Federico Fasano Mertens
Estos últimos días algunos personajes, respetados unos, despreciables otros, me han obligado a releer a Demófilo, ese admirable filósofo griego, que tres siglos antes de nuestra era, les explicaba con desprecio a los poderes de su época que “no es poca ciencia aprender a soportar las tonterías de los ignorantes”. Primero un ilustre apellido de la fauna política declara públicamente que desea verme muerto y decide alentar la fabricación de controles remotos para ataúdes de réprobos. Acto seguido un coronel que se dedicaba a torturar a sus semejantes me acusa de delincuente, canalla y además de ser agente de un gobierno extranjero.
Y finalmente el propio Presidente de la República me califica de violador de los derechos humanos por publicar las fotos de seis atormentadores profesionales, sujetos activos de delitos de lesa humanidad cuyos rostros eran desconocidos por la comunidad a la que escarnecieron. Y para culminar su dicterio nos da a los periodistas de esta casa una lección magistral sobre cómo deben encontrarse desaparecidos, proponiendo “el silencio” y “el ánimo positivo” y “sin fotografías” como el único camino para alcanzar el objetivo, tal como lo viene haciendo el Estado desde la recuperación democrática.
Hemos apoyado con entusiasmo la decisión del presidente Batlle de enrolar al Estado en la tarea de descubrir lo que pasó con decenas y decenas de hombres, mujeres y niños atrapados en la gran bacanal construida por la actividad excremental de hombres uniformados, sin honor y sin patria. Y no dudo en afirmar que no hubo un medio que haya apoyado con más fervor que LA REPUBLICA, las actividades de la Comisión para la Paz, cuestionada precisamente por los órganos felpudo que sirven al poder con devoción cercana a la náusea.
Y una y otra vez hemos recibido por respuesta la afrenta de ese poder que de muchas formas distintas, algunas ya conocidas y otras que no ha llegado aún el momento de revelar, nos hacía saber que “el silencio es salud”, vieja consigna mafiosa, que de no respetarse –nos alertaban– muchos males golpearían a nuestras puertas.
Nuestra estado del alma nos condujo a desoír el consejo y a seguir practicando ese periodismo tábano que mantiene despierta a la sociedad civil y que desconoce la gimnasia de la genuflexión. El sarcasmo del señor Presidente sobre nuestras actividades violadoras de los derechos humanos y su lección de mudez como método para encontrar la verdad escamoteada no puede quedar sin reflexión de nuestra parte.
El verbo trepidante de nuestro Presidente acusándonos precisamente de lo contrario de lo que cotidianamente hacemos, es hijo legítimo de la desmesura y primo hermano de la insensatez.
Los lectores de sus dichos exorbitantes pronunciados en Durazno y reproducidos sólo por LA REPUBLICA, superada la etapa de la incredulidad, habrán pensado que era el producto de una feliz destilación de la elocuencia del gobierno entretenido que nos prometió. Los que me rodean saben que considero al doctor Batlle un zoom politikon con vocación y expertizaje de estadista, con una puntería admirable para elegir siempre las peores opciones en la eterna lucha del pueblo uruguayo contra la alienación. Pero esta vez su libelo insultante ofendió la inteligencia de todos los que luchamos para que resplandezca la transparencia de ese período tenebroso que unos pocos se empeñan en mantener en secreto, celosamente guardado en las cuevas del poder.
¿Acaso cree el señor Presidente que el hallazgo de la nieta de Gelman o del hijo de Sara Méndez se obtuvieron gracias a la política de indiferencia practicada por el Estado uruguayo, desertor de sus obligaciones fundacionales para con los ciudadanos desaparecidos?
¿No fueron, acaso, las manifestaciones multitudinarias que todos los 20 de mayo protagoniza el pueblo manteniendo en el orden del día el reclamo desoído de verdad y justicia, los que sembraron estos frutos que hoy celebramos?
¿No fueron, acaso, las campañas e investigaciones que durante años lleva a cabo el diario LA REPUBLICA para que el fuego no se apague lo que ayudó a impedir el escamoteo de la verdad escondida? ¿O cómo cree que obtuvimos las pistas para devolverle a ese gran poeta, rotundo militante de la vida y mejor ser humano que es Juan Gelman, a su nieta secuestrada o cómo se llegó al paradero de Simón tras una investigación, precisamente de periodistas militantes, de esos que hoy usted denigra con sus sentencias de alquimista de la realidad?
Fue luchando y no gimiendo como comenzamos a torcerle el brazo al secreto ominoso plantado en el tiempo de los asesinos. Fue metiendo la pluma en la herida como llegamos a horadar el granito de la red de complicidades que protegía a los criminales de guerra.
Para neutralizar la lógica perversa de estos enemigos de la vida no conozco otra fórmula que romper el nudo de complicidades que la sostienen y protegen.
Las marchas todos los 20 de mayo, las investigaciones periodísticas, la militancia por los derechos humanos, la publicación de las fotos de los criminales de guerra, impiden que el tema huya del orden del día, apuntalan la conciencia de una sociedad a la que el poder le propone la cultura del olvido y a la que nos hemos decidido evitarle la somnolencia, desperezarla, movilizarla.
Y lentamente estamos logrando, con granitos de arena, con toneladas de arena, que lo que parecía imposible comience a tomar formas de tangibilidad, que la vida se vaya imponiendo sobre la muerte, que la utopía de la supremacía del pueblo inerme sobre el Leviathan, de lo blando sobre lo duro, del agua sobre la roca, del amor sobre la violencia, deje de ser ya una utopía. Las nietas de Gelman, los hijos de Sara y la alegría colectiva de todo un pueblo que celebra hoy los frutos de la tenacidad contra toda esperanza, lo están probando.
¿Cómo cree el señor Presidente, que se levantaron las tapaderas de las marmitas donde se cocía el secreto de la canalla secuestradora?
Los informantes surgidos siempre de las propias filas del partido de la muerte, dieron el paso, porque el pueblo no permitió que el tema fuera olvidado y el mensaje llegó a la conciencia de algunos “pentitis” que no podían conciliar el sueño interrumpido por los fantasmas de sus víctimas.
No se atreva nunca más, señor Presidente, a acusarnos a los que contribuimos a este júbilo nacional, de violar los valores que defendimos con nuestra vida, nuestra libertad, nuestros bienes, poniendo en riesgo todo, incluso a nuestras familias. No tiene usted derecho a ello. ¿O acaso para usted, gobernar no consiste en resolver problemas sino en hacer callar a quienes los plantean? La ley de impunidad nos obliga a todos a no privar de la libertad a quienes privaron de la vida a nuestros mártires. Pero no nos obliga a ocultar el rostro desconocido de los criminales que hoy exhibimos para que la nación recuerde la hondura profunda de toda su desventura. Para que la nación llore con lágrimas de dolor por su tragedia nacional y con lágrimas de alegría al saber que finalmente los rostros exhibidos sufrirán un castigo ético mayor que el de la cárcel y el destierro. ¡Qué peor sentencia que el desprecio de sus semejantes!
Nos sentimos orgullosos de haber publicado esas fotos. Decisión que nos depara amenazas de muerte y suplicios de todo tipo, proferidas a diario, y ahora la incomprensión de nuestro propio Presidente.
Presidente al que no votamos pero al que le dimos todo nuestro aliento el mismo día que asumió. “Señor Presidente, no sea prisionero del poder, no haga un gobierno cínico sino cívico, no haga un gobierno solitario sino solidario, domine su
libido dominandi y mande obedeciendo”, dijimos en plena portada con mi firma el día fundacional de su mandato.
Y hoy, con respeto, superando la desilusión, se lo volvemos a decir.
Porque gobernar es hacer creer.
Háganos creer, señor Presidente. Súmese al dolor fermental de su pueblo. No reste más. *