Ayer, el grito de los desaparecidos calló por un instante: la lucha continúa


A veces las palabras sobran, pero no alcanzan. La noticia de ayer confirmando oficialmente el
hallazgo de la nieta de Gelman es una de esas veces. LA REPUBLICA tras una investigación
difícil y traumática arribó a la verdad el 15 de diciembre del año pasado, hace exactamente 107
días.
Confirmamos quién era la nieta, que hoy tiene 23 años, quiénes eran sus padres adoptivos,
cuál era su ideología, qué hacía ella, dónde vivía. De inmediato informamos a su digno abuelo,
el poeta Juan Gelman y a su tenaz compañera, la psicóloga Mara La Madrid, quienes nunca
bajaron los brazos.
Pero no informamos a nuestros lectores a quienes les debemos una explicación. En el número
fundacional, hace ya 12 años, nos lanzamos a una guerra santa contra la corrupción del
silencio y contra el secreto, al que definimos como la fuerza de los imbéciles. Juramos que LA
REPUBLICA no tenía derecho a ocultar nada; que el lector tenía derecho a saber todo.
Explicamos que un hombre informado era un hombre peligroso para el poder y que nos
proponíamos procrear muchos hombres peligrosos.
Y durante 107 días ocultamos una información.
Todo periodista sabe que una información que no se difunde es una información que no
fecunda, que no existe.
Pues esta vez, la noticia de ayer, germinó gracias a ese silencio.
La ética del silencio y la ética de las convicciones se impusieron sobre la ética del periodista
para construir una de las noticias más importantes del año. Es la primera vez en América Latina
que un presidente aporta datos libremente para el hallazgo de un ser humano arrancado por la
fuerza de las manos de sus padres, asesinados vilmente por una dictadura sin destino ni razón.
El presidente Batlle, viejo adversario de todas las etapas de nuestra peripecia vital, en menos
de 30 días de gobierno confirmó todas y cada una de las certezas que tanto la investigación de
LA REPUBLICA como la formidable indagatoria de Juan y Mara construyeron en forma
combinada y paciente.
Podía haber apelado como tantos a la ética de la responsabilidad, al pecado del pragmatismo y
a la herejía de la ductilidad para mirar hacia el costado y evitarse problemas.
No nos interesan sus razones, pero optó por la ética de las convicciones y ganó su primer
round de estadista.
El futuro dirá si se trató de sólo una finta. Pero que ayer se reveló como un estadista
convencido, aportando la más formidable levadura para amasar el pan de la reconciliación
nacional, la contrición de los verdugos y el perdón de las víctimas yo no tengo duda alguna. Y
si la tuviera, su declaración (“me quedan aún 23 casos por resolver”) formulada ayer intramuros
me infunde sólidas esperanzas.
El grito de los desaparecidos en la conciencia desgarrada de nuestro continente, ayer calló por
un instante.
La nieta ya apareció. Y LA REPUBLICA respetará su silencio hasta que ella libremente lo
quiebre. Sabemos que contamos con la aprobación respetuosa de nuestros lectores.
Hoy celebramos con esos dos grandes símbolos de la tenacidad y la lucha por la vida, Juan y
Mara, y con todos los familiares de los desaparecidos en esta comarca supliciada.
Cuando Juan habló a todos los periodistas de LA REPUBLICA en plena redacción, y no pudo
terminar porque la emoción lo quebró, y cuando vi a mis compañeros conmocionados estallar
en un largo aplauso que salía de las entrañas, pensé que por primera vez nuestro silencio,

nuestra silenciosa investigación valía más que las centenares de investigaciones estridentes
que habíamos producido durante estos doce años.
Ayer me pareció que de repente todo es posible. Que se podía recuperar la virginidad de la
mirada. Que un poeta no escribía sino que hacía poesía (en griego, poiseis, poesía, quiere
decir “hacer que ocurra algo extraordinario”).
Ayer me volví a convencer que los enemigos de la vida podrán cortar las flores pero nunca
detendrán la primavera.
Que hay que seguir siendo realistas pidiendo lo imposible.
Ya cerca de la madrugada llevé a Gelman a encontrarse con informantes del pueblo, anónimos
y solidarios, que contribuyeron al hallazgo, y al despedirme para volver a escribir estas líneas,
éste me mostró la esquela que en la redacción de LA REPUBLICA le entregó un humilde chofer
de nuestro diario. Ella decía: “Hoy ha sido un día mágico, si lloviera, los pájaros no se mojarían.
Firmado R.B.”
¡Qué más!

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